TURISMO Y MISANTROPÍA

No es la noticia más importante del verano, pero sí la más chispeante y, según algunos, la más exasperante. Una cascarrabias de edad provecta y nacionalidad británica ha exigido daños y perjuicios a su agencia de viajes por haberla confinado en un hotel de Benidorm lleno de españoles. Confieso que la noticia me causó en su día no poco regocijo. Entiendo la reacción de esa señora, aunque bien empleado lo tiene.

Haberlo pensado antes. Quizá creía, intoxicada por la prensa, que la provincia alicantina forma ya parte de la República de Cataluña y que, en consecuencia, catalana es y no española su población autóctona. Descartada o no la hipótesis, me apresuro a añadir que yo tampoco soporto la pésima educación de los españoles, pero que esa actitud corre pareja a la aversión que me inspiran los turistas en general y, en particular, los que proceden de Albión: ésos cuyo más vehemente deseo es el de hacer balconing en Magaluf, drogarse en Ibiza, armar jarana en la Barceloneta o hacer pis donde les pille.

Cierto es que Benidorm, con españoles o sin ellos, tiene el dudoso mérito de ser un pandemónium de asfalto, aglomeraciones y hormigón similar a los que existen en casi todos los lugares de clima cálido sujetos a la desdicha de haber tenido playas que alguna vez fueron hermosas. No acuda, señora mía, a ninguno de ellos. No se deje guindar. Donde antaño hubo paraísos, hogaño todo es Averno. Que me lo cuenten a mí. Visité por primera vez Benidorm en agosto de 1944. Era un diminuto aduar de pescadores con un centenar de humildes casas, dos playas impolutas y desiertas, dos o tres chiringuitos de buena cocina, ningún hotel que yo recuerde y una línea del horizonte que ensanchaba el alma.

Lo mismito que hoy, señora mía. Ande, olvídese del turismo, que ya no tiene edad para semejante trote, y quédese en su cottage haciendo calceta, tomándose un güisquito con mucha agua o añorando la época en la que usted y yo éramos jóvenes y en el mundo no había turistas de bermudas, chanclas y litronas. El problema no estriba en que haya españoles, ingleses u hotentotes, sino en el número de cabezas -es un decir- que balan y mugen en sus rebaños. Ya lo dijo Sartre: el infierno son los otros (sobre todo si son turistas). No me tilde de xenófobo ni de hispanófobo. Sólo soy un misántropo. Cuestión de edad, amiga. La nuestra. Apague y vámonos. No se me ocurre ningún otro sistema para ponernos al resguardo de la estampida de la horda.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )