ÚLTIMA RECTIFICACIÓN

Pedro Sánchez gobierna como un barco contra el temporal, dando guiñadas, la última ha sido el anuncio de que a partir del próximo sábado podremos hacer deporte individualmente y pasear en familia, «siempre que la evolución de la pandemia sea favorable».

Lo que significa el principio del fin del confinamiento que nos ha retenido en casa 42 días. Se hará de modo gradual y asimétrico, según la situación de cada comarca y siempre bajo la dirección del Gobierno, lógico, para evitar que las autoridades locales saquen rédito político, como Torra viene haciendo en Cataluña.

La medida sigue al permiso de salir dado a los menores de 14 años, que ni pisaban la calle, siempre que fueran acompañados de un familiar. Los chavales lo han pasado en grande, aunque les hubiera gustado jugar con sus amigos y para eso no tenían permiso.

Pero todo se andará, nunca mejor dicho, pues la pregunta que flota en el aire es ¿no hubiera sido mejor hacer el confinamiento gradual desde el principio, evitando los daños de todo tipo causados por «cerrar el país»?

Fue lo que hizo Alemania, y le ha ido muy bien tanto económica como sanitariamente. Se me dirá que no somos alemanes, vamos del todo a la nada y sentimos una casi instintiva tendencia a considerar que leyes y normas están hechas para ser violadas (los más bestias añaden «las mujeres»), pero visto el comportamiento de la inmensa mayoría de los españoles durante este mes y medio de arresto domiciliario pienso que no hubiera habido muchos más incidentes (multas y detenciones) de los que hubo.

De lo que no cabe duda es de que el Gobierno sigue yendo detrás de los acontecimientos, incluso él lo reconoce al advertir que la «desescalada», como llama al desconfinamiento (su afición a la hipérbole alcanza cimas gongorinas, posiblemente para colar mejor sus mentiras), podrá costar cara si el virus reaparece el próximo verano o invierno, como más de un experto teme, sobre todo si se aflojan las medidas.

Pero, entonces, Pedro Sánchez podrá decir «ya os lo dije» y echar la culpa a los demás, como acostumbra. Pues en sus más que largas, interminable peroratas nunca ha admitido un error. Todo lo más, que «Nadie lo había previsto».

Verdad a medias, o sea, media mentira, pues algunos están saliendo de la crisis y otros no, como nosotros, que «seguimos doblando la curva», o sea, en ella, y sus hechos hablan más claro que sus palabras.

Estas continuas rectificaciones son la mejor prueba. Como algunos gestos significativos, por ejemplo, que en las ruedas de prensa para darnos el «parte» de la guerra del virus ya no hay uniformes llenos de medallas, seguro merecidas, ni expertos llenos de estadísticas, ya no tan fiables.

Fue otra metedura de pata: pensaron que así venderían mejor su relato, pero los «lapsus», como les llamaron, descubrieron lo averiado de su mercancía.

José María Carrascal ( ABC )