UN ACTO DE PROPAGANDA

El homenaje de un gobierno a sus ciudadanos es la vida, mantenernos en vida, y Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y sus ministros han fracasado estrepitosamente en este deber. No he escuchado ninguna disculpa de ninguno de los dos líderes populistas, ninguna admisión de debilidad, ningún «lo siento» por si lo podían haber hecho mejor.

En cambio he visto el repertorio completo de la arrogancia sectaria de los que no sienten nada ni se compadecen de nada y intentan aprovecharse del dolor ajeno para convertirlo en propaganda.

Todo el mundo sabe que un homenaje en España no es tal sin una Misa, sin una celebración litúrgica que conecte con nuestra trascendencia y con nuestra esperanza.

La miseria política, pero sobre todo personal del presidente Sánchez no acudiendo a la celebración religiosa de ayer, y convirtiendo hoy al Rey en un invitado más sentado con sus familias en sillas de plástico han sido un insulto al dolor y al miedo que hemos pasado.

Habría sido un detalle que ya que Pedro y Pablo nos fallaron en la vida, hubieran sido algo más respetuosos y dignos y decentes en la muerte: pero una vez más ninguna piedad, ninguna ternura han podido contra su crueldad y su sectarismo; y un absurdo pebetero y unas rosas blancas que nada tienen que ver con nuestra tradición, ni con nuestro modo de redimir el dolor, han estado en el centro del homenaje oficial a las víctimas del Covid, convertido en un acto más de campaña del Partido Socialista. Me pregunto cómo se puede tener el nervio de vivir así.

A Pedro Sánchez no le gustamos: no sólo los votantes del PP o los de Vox, no sólo los católicos, ni siquiera no sólo la Iglesia. No le gustamos los españoles, lo que sentimos los españoles, donde miramos los españoles cuando la vida nos golpea, la vida y la muerte, y nos da miedo la soledad. A Pedro Sánchez no le gustamos, le estorbamos, y su ridículo pebetero no es su homenaje sino su resentimiento.

Nosotros somos los que hemos vivido siempre sabiendo que Civilización significa que la muerte no es lo contrario de la vida, sino lo que nos da sentido como hombres, como hombres vertebrados y libres.

Por eso el único homenaje posible cuando de verdad queremos que nunca mueran los que se nos van, y que sobrevivan en nuestro amor; siempre frente a la Cruz, que asume calma y salva el gran dolor del mundo, estas son las únicas palabras que decimos: «Padre nuestro, que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día; perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden; no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal».

AMÉN

Salvador Sostres ( ABC )