UN APLAUSO SUENA COMO MUCHAS BOFETADAS

Lo que estas semanas han debido vivir los médicos, enfermeras, celadores, auxiliares, limpiadoras, conductores debe ser inexplicable. Hay situaciones que no se enseñan y, por lo tanto, no se pueden aprender. Tan solo sirve aguantar en la trinchera.

Ningún sanitario estudia para un alud de moribundos que en pocas horas son muertos. Por eso el mérito de esta gente es infinito. En el reportaje de Juan Francisco Alonso e Ignacio Gil aún sonríen, hablan con normalidad y se muestran vencedores. Agotados pero vencedores.

Y es que bajo un buzo de protección, tras unas gafas y una máscara, no se aprecia si es la mejor neumóloga del mundo o un celador. No sabes si se acerca la anestesista o el enfermero de todas las madrugadas. Para todos y cada uno de esos superhéroes reales van los aplausos de las ocho de la tarde. Lo que ocurre es que un aplauso suena igual que una sarta de bofetadas. La palmada de unos aplausos suena igual que un tortazo. Haz la prueba: ¡Plas! ¿A que sí? ¿A que suena igual?

Por eso, los aplausos de cada tarde tienen un doble sentido. Empezaron como el homenaje a los héroes sanitarios. Continuaron como el reconocimiento a policías, guardias, soldados, Protección Civil… y a cajeras, pilotos, azafatas, repartidores, limpieza, conductores, reponedores…

Y han terminado como una ensalada de bofetadas a quien presume de chalé con jardín, al mentiroso, al cínico, a la demagoga, a la «pijaprogre», al falso, a la sobreactuada, al censor, al perro faldero fiel a su amo y a tanta embustera.

Los aplausos son para quien se los merece. Porque no hay dinero ni premios en el mundo que puedan pagar lo que están haciendo. Pero también abofeteamos a quien nos miente. Porque no hay urnas para castigar a tanto cobarde y aprendiz de dictador. Todo el honor para quien sufre viendo la muerte tan de cerca. Todo el cariño para quienes nos salvan la vida.

PD: Nunca pude imaginar que en España, siglo XXI, no supiéramos (o no quisieran) contar a los muertos.

Lo más ignominioso de esta crisis no es la imprevisión, el despiporre competencial o el politiqueo de una coalición insoportable. Lo peor son los muertos. Unos fallecidos con nombre y apellidos. Con familia, historia, vida, futuro (mucho o poco), con memoria y con honor. Unos muertos que dejan viudas, hijos, esposo, novia, amigos… Unos cuerpos a los que ni siquiera se cuentan como números.

 ¡Qué vergüenza ! ¡ Qué deshonor ! ¿ No se merecen que, al menos, mostremos pena, cabreo y luto?

Ángel Expósito ( ABC )