UN ASESINO ANDA SUELTO

Que Santiago Arróspide Sarasola sea libre para ir y venir por las calles a su antojo constituye una ofensa a la justicia y desde luego a la dignidad de las víctimas. No a la ley, cicatera, que en su caso se ha cumplido, pero sí a lo que cualquier persona decente entiende por justicia: esto es, que el criminal pague un precio proporcional a los crímenes cometidos. Con arreglo a ese criterio básico para que el concepto no pierda su sentido, el terrorista excarcelado hace una semana debería haber languidecido en una celda hasta el último día de su vida.

Sé que esta columna contraviene todas las reglas de lo políticamente correcto. Me consta que en la España actual mencionar el legado de ETA equivale a quebrar un poderoso tabú, toda vez que la omnipresente «memoria histórica» no abarca ese período sombrío de nuestro pasado reciente y el relato comúnmente aceptado da por zanjado el «conflicto» sin haber pagado precio alguno a los etarras y con la victoria incuestionable de la democracia.

¡Mentira! Quienes jalearon los asesinatos de la bestia recién liberada están en las instituciones, quienes recogieron las nueces del árbol que él sacudió, ajeno a cualquier piedad, ostentan un poder obsceno, y él mismo va y viene por donde quiere como si nada, a pesar de ser culpable de crímenes abominables de los que jamás se ha arrepentido.

Yo alzo por tanto la voz contra esta excarcelación que percibo como una afrenta a todos los principios que sustentan una convivencia sana. El más cruel cabecilla de la serpiente enroscada al hacha, su jefe máximo durante los Años de Plomo que sembraron nuestra nación de muerte y de terror, no ha cumplido ni siquiera un año de reclusión por cada vida robada con una alevosía impropia de quien se considera un ser humano.

Fue condenado a más de tresmil por cuarenta asesinatos probados, aunque las fuerzas de seguridad sospechan que podría ser responsable de unos setenta más entre los trescientos perpetrados por la banda aún pendientes de resolución. «El muerto al hoyo y el vivo al bollo.» Nuestro implacable refranero vuelve a materializarse en su caso con escabrosa exactitud.

Un asesino anda suelto por nuestras calles, mientras sus víctimas claman desde el cementerio por la justicia que les ha sido negada.

Isabel San Sebastián ( ABC )