UN AUTÓGRAFO, SEÑORÍA

El juez Pablo Llarena está siendo acosado y perseguido en sus vacaciones en Cataluña por los que luego tienen el arrojo de acusar a los demás de fascistas. El independentismo está tan persuadido de encarnar la pureza de la democracia y la única verdad posible que es incapaz de darse cuenta del ridículo que está haciendo y que su vivir instalado en el vergonzoso populismo de la izquierda más estúpida es lo que le está inexorablemente conduciendo de derrota en derrota hasta la cárcel y el destierro.

Si los independentistas prefirieran la inteligencia a la adhesión inquebrantable se habrían dado cuenta de que el juez Llarena no es un enemigo sino uno de sus principales aliados. Su instrucción ha sido de largo la mejor hoja de ruta que el catalanismo político hasta hoy ha tenido y muestra el claro camino a los patriotas que quieran volver a intentarlo. En ella, los mentirosos han quedado debidamente retratados: seguramente como nunca antes. Llarena ha desenmascarado a los que con tanto cinismo y con tan poca vergüenza creyeron que podían ir de farol con sus votantes y con el Estado.

Y lo que la masa enardecida no tuvo el valor de castigar -continuó votando mayoritariamente en diciembre a los partidos que les timaron- lo ha penalizado el juez Llarena persiguiendo a los mayores farsantes que ha dado la democracia. A los que por lo menos han tenido la decencia de dar la cara por lo que hicieron, los ha acusado de rebelión y los ha encerrado preventivamente; y a los cobardes no les ha dejado otra que fugarse y les ha puesto ante la evidencia de su mentira: Puigdemont prometió que si podía ser presidente, volvería, y que ya éramos república. Nunca regresó, y no sólo ha vuelto a propiciar un «govern» perfectamente autonómico sino que ha contribuido, como siempre los nacionalismos, a la investidura en el Congreso del candidato de uno de los dos grandes partidos nacionales.

Gracias al juez Llarena, y a las investigaciones que ha ordenado, el fraude de los líderes del «procés» es un hecho indiscutible y han recibido el castigo que merecían por chulear al Estado y por trolear a los suyos. Los CDR deberían perseguir a su señoría pero para pedirle autógrafos y pagarle las cuentas de los bares y restaurantes donde lograran encontrarle, porque nadie como él está empujando al independentismo a hacerse mayor de una vez por todas y asumir el precio de sus quimeras, que es como consiguen lo que se proponen los hombres verdaderamente libres.

Salvador Sostres ( ABC )