UN BULO CON PELVIS

Que Pedro Sánchez hable de perfiles falsos tiene su ironía; él, que es un bot de sí mismo. Pero así es este presidente que entra en las Cortes cimbreando la pelvis como Tony Manero en la disco. El garbo de Sánchez, sus «formas cubanas», se hacen chulería en las réplicas parlamentarias, incluso, ayer lo comprobamos, cuando hay 15.000 muertos. Chulería en el lugar del luto. Y mentiras, claro está, mentiras a cascoporro.

El presidente pidió repetidamente algo que pide a cualquiera que no sea su socio: «Unidad y lealtad». Y luego falseó su gestión. Hubo eslogan de «espichraiter»: «Todos llegaron tarde, pero España actuó antes», y que si la crisis es simétrica (falso), que si todos igual (falso)…. Como falso es el liderazgo en los test o la prontitud de la respuesta. Lo único cierto es que solo China nos supera en restricciones a la libertad, pues es el españolito el que remedia la imprevisión del Gobierno quedándose en casa, forma simpática e imprecisa de no decir que ha sido confinado por la autoridad.

Las mentiras de Sánchez, grotescas hasta la inquietud, se banalizan con el palabrerío modoso de la oposición. Casado citó a Ortega, a Unamuno, cita a todo el mundo, acapara el suarismo y va de Cánovas, pero ya no es tiempo de decir «no es esto, no es esto».

Lo que está pasando es suficientemente grave para no escoger palabras prestadas. Casado es un sparring pomposo que dice sí, y Ciudadanos se acerca ahora (¡ahora!) al PSOE, demostrando que es solo una excusa para que el centrismo neuronal tenga una baldosa «factual» sobre la que seguir su chotis divagante. Vox queda de oposición a la que no dejan serlo, el momento en que se mete la publicidad.

Pero es aquí, con Abascal, donde Sánchez sacó lo que lleva dentro y lo que nos espera. El Gobierno pasó hace días al ataque con dos iniciativas: la propuesta trilera y efectista de los Pactos (coger oxígeno a costa del mito fundacional, que para eso está) y el ataque sistemático a la libre expresión en los canales no televisivos.

Sánchez añadió al virus (que ha cambiado de género y ahora es la Covid-19) el «problema de la desinformación», y mencionando cifras policiales habló de perfiles falsos, bulos y fake news como «problemas de salud pública y democrática».

La perversidad es desquiciante: él, responsable de tan nefasta gestión, invierte la cuestión y «viraliza» a los otros. Lo siguiente podría ser meterlos en uno de sus decretos. Si mostrase con «la desinformación» la misma diligencia que con la Covid, aún podrían dormir tranquilos.

Hughes ( ABC )