UN DÍA EN LA VIDA DE ESPAÑA

Los manteros pululan por el centro de las ciudades, estafan a los viandantes, expolian a los comerciantes, agreden a los vigilantes y enriquecen a los mangantes con la bendición de los ayuntamientos sociopodemitas y de algunos que no lo son. Los okupas, en connivencia con quienes tendrían que meterlos en cintura, confiscan pisos, expulsan a sus inquilinos, arruinan a sus propietarios, destrozan, emporcan, rebuznan, vivaquean, alcahuetean, trapichean con drogas y se ríen en las barbas de quienes intentan desahuciarlos o expulsarlos por las bravas para recuperar lo que les pertenece.

 Las jaurías de los antisistema vuelcan contenedores, revientan cajeros, rompen escaparates, queman coches, saquean tiendas, insultan a las personas decentes, se mofan de los policías y, en el colmo del cinismo, los denuncian por cumplir con su deber. Los hooligans, los tifosi, los hinchas y los forofos se pelean a sillazos y a botellazos que nada tienen que envidiar a las peleas de las películas del oeste. Los chinos venden litronas callejeras a los adolescentes, las furcias, los chaperos y los camellos. La suciedad y las cacas de las mascotas o de sus dueños alfombran el adoquinado.

Los pintamonas se creen picassos y asaltan los convoyes del metro como si fuesen los de la Union Pacific en una película de John Ford. Los ciclistas van de chulos por su carril o fuera de él y se creen los reyes del mambo ecologista. Los patinadores atropellan a niños y viejecitos en las aceras. Los maratonetas cortan en dos las ciudades. Los inmigrantes desembarcan en las playas andaluzas como si fuesen las de Normandía y soldados de la Wehrmacht los veraneantes que toman el sol en ellas. Intrusos de piel cetrina invaden los puertos, fuerzan las aduanas, vierten perolas de cal viva y orinales de excrementos sobre los guardias civiles, lanzan gritos belicosos en las zonas colonizadas y reciben las carantoñas, mantas, calditos y chuches repartidas por las madres y padres teresos de las órdenes no gubernamentales.

 Los golpistas convierten sus churros amarillos en lazos de horca y roban al resto del país lo necesario para financiar sus trapisondas. Algeciras parece Chicago en los años 30 o Ciudad Juárez en los de ahora. El jefe del Gobierno dinamita el Estado de derecho. Alguien, algún día, tendrá que hacer algo, ¿no? A grandes males, grandes remedios. Se me ocurren muchos, pero tengo un hijo pequeño y me faltan agallas para mentarlos.

Fernando Sánchez Dragó ( El Mundo )