UN ESPAÑOL Y UN GUIRI

Además de enriquecerse, Pujol ensambló durante 23 años las llamadas «estructuras de Estado», que dejaron el coche de la República a punto, a falta de sacarlo del garaje español en cuanto se durmiese el vigilante. Después, ya desde 2011, Junqueras, Òmnium y ANC comenzaron a sembrar en cada villa catalana una mentira burda, pero que funciona, y más en tierra proclive al victimismo: España nos manga unos 30.000 millones anuales, con los que Cataluña sería uno de los países más ricos de Europa, no queda otra que la independencia.

Por último, Junqueras y Puigdemont lanzaron la embestida final aprovechando la resaca de la crisis. Pincharon, porque el oso del Estado, que creían dormido, todavía tenía un ojo abierto y soltó un zarpazo. La izquierda hizo de tonta útil y adoptó una posición equidistante entre los separatistas y Rajoy, al que endosaron la mitad de la culpa, «por no dialogar».

Con Sánchez llegaría el diálogo y bajaría «la inflamación». No ha funcionado, por supuesto. No quieren ver lo evidente: los separatistas solo se conformarán con su Estado. Nada que no sea eso les sirve. Sánchez ya paga su presuntuoso afán de acariciar al tigre: sus socios golpistas forzaron el adelanto electoral y ayer volvieron a morderle la mano con Iceta. No enreden.

Para intentar que España siga unida solo existen dos herramientas: mantener el imperio de la ley y lanzar una ofensiva cultural y política pro española en Cataluña y País Vasco. Regalar más autogobierno es programar el suicidio de España a cámara lenta.

El magnífico músico y poeta bonaerense Andrés Calamaro y el excelente actor neoyorquino Viggo Mortersen comparten vínculo con España, donde pasan largas temporadas. Uno, Andrés, se ha pateado el país de cabo a rabo durante 29 años, hasta el pueblo más ignoto, primero en la furgona de Los Rodríguez y luego viendo toros.

El otro, Viggo, luce la mirada del piji-progre que vive aquí, pero que no ha captado la entraña del país. Calamaro, que mamó en su casa el alma zurda y la mantiene, es un librepensador. No está dispuesto a aferrarse clichés dogmáticos si su cerebro los contradice. Por eso admira el papel de la Monarquía, por eso quiere a España con naturalidad y por eso en tiempos pusilánimes se quedó tan ancho proclamando en el Liceo de Barcelona: «Amo a Cataluña. Amo la Cataluña española».

Viggo tiene otra visión. Es socio de Òmnium y apoya el plan para partir España, arrebato insolidario y clasista que le parece moderno y chupi-progre (ideología que recibe en casa de su novia). Al tiempo, se hace cruces con Vox, a los que tacha de «ultranacionalistas» y «neofascistas».

Torra y Junqueras, fanáticos del hecho diferencial, que abogan por pisotear la igualdad entre vecinos y las leyes, son unos tíos admirables. Calamaro, tan libre y artista que hasta se permite la verdad y el humor, comentó en el Liceo que lo de Mortesen es «un discurso antifascista facilón». Pitos. Anatema. Pero les soltó una verdad (y de paso se pegó un conciertazo de dos horas y media).

Andrés es un gran español. Viggo, un guiri de patatas bravas con demasiada pimienta en la mirada.