¿ UNA FARSA ?

Han superado al carterista que, descubierto, se puso a gritar «¡Al ladrón, al ladrón!», pues ellos, además, apuntan a sus perseguidores. Me refiero, naturalmente, a los líderes nacionalistas catalanes procesados. El último acto, bueno, el penúltimo, queda la sentencia, de su juicio estuvo a la altura de su bizarro desarrollo: los acusados se convirtieron en acusadores, arremetiendo contra fiscales, jueces, procedimiento judicial, y la democracia española, entre gimoteos, golpes en el pecho, amenazas veladas y continuas contradicciones.

No sé si lo habían apalabrado con sus abogados, algunos de los cuales habían adoptado también tan heterodoxa línea de defensa, pues estaban tirando piedras contra su propio tejado, ya que hasta un lego en leyes sabía que no era la mejor forma de defenderse, al estar juzgándose hechos no sentimientos o intenciones.

Sobre las causas de adoptarla caben distintas interpretaciones. Alguno lo haría convencido de que la razón estaba de su parte, pese a que la razón brillaba por su ausencia en sus alegaciones y todo el mundo vio lo ocurrido aquellos días.

Otros buscaban seguramente conmover al tribunal presentándose como «buenas personas», «cristianos», «padres de familia», «hombre de paz y de concordia», como si estuvieran confesándose, aunque lo más probable es que intentaran justificarse ante sus seguidores por la gran mentira que les habían contado, anunciándoles una independencia «sin pecado concebida», convertida en tumulto, tal como les habían advertido los mandos de los mossos.

Acusaron de farsa el juicio, pero la mayor farsa fue pedir al tribunal que devolviese el problema catalán a la política, o sea, politizar la Justicia. La traca final de este cúmulo de mentiras, hipérboles y sinsentidos fue que ninguno se arrepintió de lo que había hecho. Todo lo más, lamentarlo, o «algún error, como todos» pero arrepentirse, ninguno. Es más, piensan seguir haciéndolo. Lo que va a hacer difícil al Tribunal Constitucional ser generoso con ellos. Como a Pedro Sánchez, aunque quiera.

Para resumir: el proceso del «procés» termina como empezó, pero con algunas clarificaciones. Los acusados sabían perfectamente lo que hacían al declarar la independencia unilateralmente. Alegan que no llegaron a hacerla efectiva, que todo fue apariencia, pretensión, un completo show.

Ni arriaron banderas ni el Gobierno central declaró el estado de guerra. ¿Qué querían, que emplazase cañones frente al palacio de la Generalitat, como en 1934, cuando Companys proclamó el Estat Català? Pues a lo mejor. Con los nacionalistas nunca se sabe si van de broma o de veras.

Si cuela, se quedan con ello. Si no, se hacen las víctimas. Es esa fase están, la de las lágrimas, listos a proclamarse mártires, aunque tienen buen aspecto. Lo que no harán nunca es reconocer culpas, ni que están en prisión provisional porque algunos compadres, al ver que la cosa iba en serio, se largaron sin despedirse y hoy son fugitivos de la Justicia.

No parecen haber aprendido algo tan simple como que la ley hay que cumplirla, las sentencias de los tribunales, obedecerlas y que no se desafía a un Estado de Derecho en vano. Les esperan muchos desengaños de este tipo.

José María Carrascal ( ABC )