UN FRANCÉS EN BARCELONA

Con todos los respetos debidos a sus personas, lo que opinen Manuel Valls o Emmanuel Macron de los acuerdos alcanzados en España por las distintas fuerzas políticas nos importa poco tirando a nada. Dicho en la bella lengua de los franceses, «on s’en fout épérdument».

Bastante tenemos aquí con resolver nuestras propias contradicciones y asumir las devastadoras consecuencias de la división como para otorgar derecho de veto al presidente de un país vecino o a un candidato de procedencia foránea, ponga lo que ponga en su partida de nacimiento, que evidentemente no comprenden ni la complejidad de nuestro mapa político ni las peculiaridades que hacen de España un caso único en la Unión Europea.

Monsieur Valls y monsieur Macron nos harían por tanto un gran favor absteniéndose de meter las narices en nuestros asuntos, y se ahorrarían, además, el bochorno de decir tonterías derivadas de extrapolar su circunstancia a la nuestra.

El problema de esta nación, «messieurs», no es la extrema derecha, sino el separatismo abiertamente enfrentado a la legalidad, con el que ya ha pactado y está dispuesto a pactar de nuevo el presidente del Gobierno socialista, respaldado también por la extrema izquierda de Podemos. Los partidos de la vergüenza y la infamia aquí se llaman Bildu, Ezquerra Republicana de Catalunya y Junts per Catalunya.

El primero, alter ego de Batasuna, tentáculo político de la banda terrorista ETA, jamás ha condenado sus crímenes, organiza asiduamente homenajes a los asesinos que van saliendo de la cárcel sin mostrar un ápice de arrepentimiento y se jacta públicamente de haber rentabilizado en las urnas cuarenta años de sangre inocente.

Los otros dos tienen a sus líderes huidos de la Justicia o bien en prisión por (presuntamente) utilizar todos los resortes del poder autonómico para perpetrar un golpe de Estado destinado a robarnos la soberanía y quebrar la indisoluble unidad nacional consagrada en nuestra Carta Magna, tan respetable al menos como la de Francia.

Esas son las tres fuerzas ante las cuales la más elemental decencia impone tender un cordón sanitario infranqueable. Todas las demás pueden gustar más o menos, pero se mueven dentro del terreno de juego democrático.

Ciudadanos creyó que un exministro galo procedente de la izquierda otorgaba lustre a su lista municipal por Barcelona, y se equivocó estrepitosamente. Valls tiene de español lo que yo de chilena, a pesar de que él naciera en Barcelona y yo en Santiago de Chile.

La nacionalidad no se adquiere a través de un papel, sino del conocimiento. Y el suyo de nuestra patria deja mucho que desear. Si sumamos a esa grave carencia la arrogancia propia del personaje y su negativa a dejarse aconsejar, llegamos al choque de trenes que ha terminado en ruptura.

Los de Rivera se quitan un peso muerto de encima, aunque pagarán caro un error enorme que ha dejado mucho huérfano de siglas en la Ciudad Condal, bastión de la resistencia contra el independentismo opresor. En cuanto a Macron o sus portavoces… ¿Con qué derecho se involucran en lo que no les concierne?

Si realmente le preocupa la salud democrática de nuestro país, sugiero a su excelencia, «le président», que utilice su influencia ante Pedro Sánchez para disuadirle de apoyarse en golpistas y filoterroristas en su escalada a La Moncloa. Porque nunca nadie cayó tan bajo ni se arrastró ante gente tan vil.

Y porque, diga lo que diga la voz de su amo, es decir, Isabel Celaá, no todos los escaños son legítimos. Algunos están impregnados de una suciedad de origen imposible de blanquear, y apestan.

Isabel San Sebastián ( ABC )