UN GOBIERNO ACECHADO POR LA INCONGRUENCIA

Fiel a sus estilo mercadotécnico, Moncloa ha ido dosificando los nombres del gabinete más extenso y costoso que se recuerda, con una veintena de ministerios y cuatro vicepresidencias, en la esperanza de que el goteo de nombres y currículos logre opacar, así sea por unos días, la fundamental fragilidad de la que nace este Gobierno.

Que no se debe solamente a la difícil cohabitación entre dos partidos rivales como PSOE y Podemos, sino también a la dependencia del separatismo para cada iniciativa que pretendan sacar adelante. Por los nombres que conocemos hasta la fecha, podemos concluir ya que Sánchez se esfuerza por garantizarse el sueño dentro de lo posible, es decir, por aminorar los efectos nocivos de su propio socio de coalición.

No se explica de otra manera que tres carteras tan importantes como las de Economía, Exteriores y Seguridad Social -desgajada de Trabajo, que queda en manos de Podemos- vayan a recaer en perfiles técnicos alejados del sectarismo ideológico.

La sintonía de Calviño con Bruselas es conocida; ex ministros populares como Margallo o Ana Palacio han celebrado el nombramiento de Arancha González Laya; y José Luis Escrivá, nombrado en su día por Montoro, ha demostrado al frente de la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal su autonomía y ortodoxia de criterio, diametralmente opuesto a la demagogia populista en materia de pensiones o de gestión del déficit.

Sin embargo, a este Ejecutivo le perseguirá la sombra constante de la incongruencia. Es incongruente que te guardes de tu socio como de tu peor enemigo. Es incongruente que debas configurar el organigrama no en función de la eficiencia sino de la satisfacción de múltiples apetitos clientelares.

 Es incongruente que la pomposa ambición del nombre de tus ministerios contraste clamorosamente con sus capacidades reales, dada la precariedad y heterogeneidad de tus apoyos parlamentarios, entre los cuales ostentan la llave de la gobernabilidad los mismos que proclaman que la gobernabilidad les importa un comino y que Sánchez debe elegir entre amnistía o elecciones.

Es incongruente que tus nombramientos traten de vender moderación en Bruselas al mismo tiempo que prometes una revolución legislativa al electorado de izquierdas. Es incongruente, en fin, que toda la acción del Gobierno de España descanse sobre el capricho de quienes trabajan a diario para romper con ella.

Por lo demás, resulta especialmente inquietante la vocación de ingeniería social que desprenden los rótulos de las competencias. Más allá de la obsesión con el efectismo publicitario de Moncloa, se diría que una exigua coalición de 155 escaños se propone cambiar las costumbres, modos de vida, hábitos de consumo y hasta la moralidad de los ciudadanos para adaptarlos a la cosmovisión autodenominada progresista.

Si es así, tan ingenieril empeño solo redundará en una polarización brutal de la sociedad, ya suficientemente irritada con el hachazo fiscal que Sánchez prepara para financiar su elefantiásico Gobierno. Pero ya se sabe que cuanto más débil es uno, más necesidad tiene de aparentar lo contrario.

Veremos si a Sánchez e Iglesias no se les escapa toda la energía en una desleal competición de imagen entre sí, a despecho del interés de los españoles.

El Mundo