UN GOBIERNO CON LOS PIES DE BARRO

La obstinación pertenence a las opiniones, la tenacidad a la conducta. Pedro Sánchez vive en la intersección de los conjuntos. Obstinado y tenaz se dispone a combatir hechos que se dan por consumados. Su proyecto y su Gobierno se adornan de adjetivos: europeísta, feminista, ecologista, solidario, liberal, progresista, cualificado y, además, el más “representativo” porque “los ciudadanos se reconocen en él”, dice el presidente, pese a que la mecedora del CIS chirría cuando pone de manifiesto que la inmensa mayoría no ha oído hablar nunca -con la honrosa excepción de Josep Borrell y Pedro Duque– de sus rutilantes ministros.

El empeño y la decisión de Sánchez para remar contracorriente es encomiable si no fuera porque amenaza galerna. Las condiciones ambientales y el alboroto de las sirenas lo anticipan. Y el Gobierno, lo admita o no el presidente, con sólo 84 diputados tiene los pies de barro.

Para mantener el rumbo hasta el final de la legislatura, para llevar a cabo los planes y cumplir las promesas con las que pretende rescatar a España “del letargo y la parálisis” y construir un Estado del bienestar digno de envidia, Sánchez necesita una herramienta vulgar: dinero.

Dinero para pagar compromisos, apoyos, proyectos, ofertas. El presidente necesita un Presupuesto a la medida de su plan. Y no lo tiene. He ahí el talón de Aquiles del Gobierno.

Hoy le acompaña la brisa de popa heredada de la primavera económica del PP. Ayer la repudiaba, ahora la ensalza: el ritmo de crecimiento hincha la vela, el empleo antes precario y miserable responde a la brújula y la prima de riesgo dormita cómoda en la calmachicha. Hasta la subida de las pensiones -incluida en las cuentas del Estado pactadas entre el PP, Cs y PNV y rechazadas por el PSOE- son ahora dignas de lucir en la pechera del nuevo Gobierno.

El no es no de antaño es ahora un sí alborozado. Canta la cigarra los regalos del estío dando la espalda al otoño por llegar. Las señales que lo anticipan son rotundas.

El presidente, tenaz, promete presentar al inicio de septiembre la misma senda de déficit y deuda que ya le tumbó el Congreso. La senda que necesita para construir unos Presupuestos a la medida de sus promesas. Se la volverán a tumbar. En esta ocasión será el Senado.

Podría entrar en un bucle perfecto repitiendo propuesta cada 30 días. Así lo admite la ley de Estabilidad Presupuestaria -que, muy a su pesar, es orgánica y no puede modificarse por decreto-, pero es poco probable. Y a partir de ahí, dos opciones: acomodarse al marco de deuda y déficit previsto por el PP reacomodando como pueda las cifras, o admitir sin más la prórroga de los Presupuestos de Montoro.

Hay un tercer camino que ayer los periodistas señalaron insistentemente y que Sánchez descartó de plano como manda el abc de la obviedad política: convocar elecciones anticipadas.

El presidente inesperado no quiere ni oír hablar de ello. O eso aparenta, pese a que él urgió a su predecesor a someterse a una moción de confianza si no era capaz de aprobar sus cuentas.

Hasta Quim Torra se lo sopló desde la lejanía: “Los gobiernos acostumbran a dimitir si sus Presupuestos no son aprobados; esto es un mandato democrático de autoexigencia”. Torra lo dijo refiriéndose a su propia dificultad para sacar adelante las cuentas catalanas, pero la máxima es generalizable teniendo en cuenta que la dimisión de un Ejecutivo implica llamar a las urnas.

Pedro Sánchez puede jugar con esa baza. Está en su mano y, además, el CIS de Tezanos se lo facilita. ¿O acaso no se fía de las encuestas y prefiere resistir incluso más allá de lo razonable?

Marisa Cruz( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor