UN GOLPE DE GRACIA A LA DEMOCRACIA

Como la imparcialidad y la neutralidad no son cosa exclusiva de las elecciones, sino de todos los días, la claudicante deserción del Estado ha llegado al extremo de que, sin necesidad de proclamar la independencia, el separatismo ha logrado aquella aspiración que Macià prefiguró en su Constitución Provisional de 1928. En su artículo 115, disponía que, proclamada la independencia, se haría desaparecer todo vestigio que rememorara España. Sin consumar la separación, todo ese proceso se ha ejecutado a ojos vista y ante la abulia de quienes han hecho dejación de su deber primero.

Si la proliferación de los lazos amarillos supusiera únicamente un quebrantamiento de la ley electoral, no transgrede menos esa normativa la instrumentalización indebida que el presidente Sánchez hace de los Consejos de Ministros como plataforma de promoción personal y de propaganda partidista. A manos llenas, vacía las arcas públicas e hipoteca la Hacienda para cosechar los votos de los que no disponía cuando arribó a La Moncloa por medio de la investidura Frankenstein. Gastando a caño roto, cuando baje la marea, aflorarán en toda su dimensión los desastres incubados.

Es palmario que quienes creen que gobernar es gastar no se aplican aquello de Sagasta de que «ya que gobernamos mal, por lo menos gobernemos barato». Por contra, dan alas a su irresponsabilidad con tal de sostenerse en el poder, justificando cualquier derroche en base a que «lo que es de todos no es de nadie». Cual nuevos ricos que se funden, en un abrir y cerrar de ojos, su golpe de fortuna.

Sánchez parece emular al gran cacique alpujarreño Natalio Rivas, nombrado hace ahora un siglo ministro de Instrucción Pública bajo el reinado de Alfonso XIII. Nada más acceder al cargo acudió al Ayuntamiento de Granada y se asomó al balcón para saludar a sus afines. Al hacer ademán de iniciar el discurso, en medio de un silencio sepulcral, se alzó la voz del pueblo: «¡Natalico, colócanos a tós!». Ni que decir tiene que aquel vítor se refrendó con una cerrada ovación.

Los separatistas no engañan a nadie admitiendo abiertamente su propósito, salvo a los que prefieren dejarse engañar por permanecer en el poder aunque sea como rehenes. Por eso, Sánchez no responderá a la pregunta clave a la hora de votar este 28-A: ¿renuncia a pactar con los separatistas para seguir en La Moncloa? Supondría el definitivo golpe de gracia a una democracia tan golpeada como la española y a su fracturada integridad territorial.

Francisco Rosell ( El Mundo )