UN INFARTO ECONÓMICO

El 31 de diciembre, China dio a conocer con negligente retraso el primer caso del coronavirus. Si por entonces alguien nos hubiese dicho que tres meses más tarde los españoles tendríamos prohibido salir a la calle por imperativo legal, que cerrarían hasta los bares, los pubs y los puticlubes, que no habría fútbol ni espectáculo alguno, que los párrocos oficiarían para YouTube y que el país viviría acongojado por una epidemia misteriosa que ya ha matado a casi 500 de nuestros compatriotas en dos meses… si alguien hubiese profetizado todo eso, lo habríamos mirado como a un chalao fugado de un frenopático.

Sufrimos una situación única en la historia moderna. Habría que retrotraerse a las pestes medievales para una comparación.

 Pero aquella economía era de juguete frente a la sofisticación e interdependencia de la actual.

La prioridad absoluta son las vidas y el bienestar de las personas; y quien discrepe cambiará de opinión si pasa por el drama de ver a un ser querido en el respirador. Pero además nos enfrentamos a un cataclismo económico, cebado por el miedo. Qué lejos se ve ya nuestra antigua vida diaria. Un cafelito matinal en ese bar camino del curro, un bollo al mediodía, algún menú fuera.

El «finde»: salida a cenar, o al cine, un concierto, o de vinos. Escapadilla con la familia a ese pueblo bonito. Alguna prenda de ropa. Viajábamos en avión, íbamos al fútbol, cambiábamos de coche, nos cortábamos el pelo… De un día a otro todo eso no existe. Larry Summers, coco de Harvard que fue secretario del Tesoro con Clinton, lo explica de manera llana: «Se está rompiendo todo el mecanismo de intercambio de la economía, lo que causará dificultades financieras, y eso significará menos compras y menos inversión… y más dificultades financieras».

Se calcula que el PIB chino cayó un 13% en enero y febrero. Los economistas vaticinan que si la conmoción dura dos meses veremos desplomes del 10% en los grandes países. Las líneas aéreas van camino del coma y las plantas de coches cierran.

El efecto de las inyecciones de liquidez y los tipos cero es limitado: nadie baja a cenar a un restaurante si está chapado. La cadena de suministros también sufre en esta doble crisis de demanda y oferta. El alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, no recurre a eufemismos: «Será una Gran Depresión».

Los gobiernos disparan con todo lo que tienen. También el español, tras remolonear la semana pasada. Trump, negacionista al principio sobre el Covid-19, anuncia ahora créditos de 850.000 millones y un cheque de mil euros por enfermo.

Pero al final todo se jugará en que llegue o no la vacuna, o al menos un tratamiento. Si disminuyen los contagios y en un par de meses tenemos un fármaco, la euforia se disparará y todo parecerá un mal sueño (aunque quedará la factura).

Pero si seguimos así hasta el otoño llegará un dilema espantoso: reabrir el mundo y convivir con la enfermedad y su dolor, o mandar la economía al carajo. De propina, esta vez no existen un Roosevelt y un Churchill. Bochornoso que Trump y Xi todavía no hayan hablado para lanzar un plan conjunto. No hay a quien mirar.

Luis Ventoso ( ABC )