Si afirmo que Sánchez no tiene ni puñetera idea de lo que es gobernar en democracia no estoy haciendo un juicio  de valor sobre el Presidente porque a nadie se le puede echar en cara que haga lo que no sabe o defienda lo que no cree,  simplemente defino su incapacidad para la función que ejerce.

A Sánchez le molesta España, o más bien los españoles, incluidos los que le votan, y sobre todo le incomodan sus representantes parlamentarios, también los que le apoyan, porque lo suyo es constatar la pleitesía de quienes están a su servicio.

En política más que aliados tiene cómplices que en unos casos le regalan su obediencia ciega a cambio de que les mantenga en las listas o en el cargo designado a dedo, y en otros casos le apoyan  si les paga una buena mordida presupuestaria o de privilegios exclusivos. Los que realmente que le importan  a Pedro Sánchez  son sus amiguetes, para  los que ha creado algunos puestos de trabajo ad hoc  en la Administración y con  los que viaja en el Falcón de la Fuerza Aérea Española para asistir a conciertos  o ir a  disfrutar gratis en las fincas de titularidad  pública, viajes y actividades que ha declarado “secreto oficial” porque para él la ley de transparencia es una ordinariez que solo debe preocuparle a algunos funcionarios de tercer rango,  pero no a “Su Persona”.

Lo que jamás podría haber imaginado el hombre de los pantalones de pitillo es que  esta pandemia le iba a ofrecer la mejor coartada imaginable para completar su proyecto autocrático y lo va consiguiendo porque se ha encontrado con una oposición que ya le gustaría tener a Putin.

Sánchez, como todos los déspotas, desprecia a los que  sabe que son mejores que él y eso lo dice todo,  porque dada la mediocridad de sus oponentes, es fácil imaginar cuál es el nivel que calza el inquilino de la Moncloa.

Su última faena, antes de dar la vuelta al ruedo en la plaza de la indecencia política, ha consistido en ausentarse del Parlamento el día que se iba a votar un estado de alarma de seis meses para todos los españoles. Convencido de que  esa decisión de limitación de  libertades no iba con él, se alejó de la sede de la soberanía popular sencillamente porque no cree en ella ni piensa dar ninguna explicación  a los parlamentarios en todo ese tiempo.

España para él es un juguete.

Diego Armario

viñeta de Linda Galmor