UN MAUSOLEO ANDALUZ

Andalucía era un microclima social. En él, nada se ajustaba a reglas políticas. Sí, a las lógicas caritativas en las cuales se veía presa una ciudadanía sin más ingreso que el de las subvenciones. Nadie que viva de la benevolencia ignora lo que eso impone: la limosna es un don arbitrario. Y un cambio en quien administra los fondos dispara el riesgo de perder las mercedes. Cambiar de señorito se antojaba, así, un peligro. No hay lógicas políticas, allá donde el fin de mes se sabe incierto.

El PSOE ha administrado esa bolsa de ayudas públicas con arbitrariedad milimetrada. Y es cierto que ha robado mucho: más de cuanto ningún partido haya robado en rincón alguno de España. Pero ha robado, reservando siempre un porcentaje para los limosneros con carné socialista. Sin esa «generosidad», mucha gente hubiera tenido aún más negro el día a día. Era un óbolo que se hacía, sí, con cargo al dinero del Estado: o sea, al de todos los españoles. Pero que era presentado como una privada generosidad de partido.

Nadie reproche nada a quienes han aceptado, durante cuarenta años, intercambiar PER por votos. Para salir de ese envilecimiento se requiere trabajo y sueldo. Y nadie -nadie- ha movido un dedo para crear eso en una región que lo tenía todo para haber abierto una economía emergente. Y que, con mínimas excepciones, ha sido víctima del empantanamiento que acompaña a las sociedades subvencionadas.

Ayer, en Andalucía, jugó aún la inercia de un régimen cuyas pesadeces reducen cualquier cambio a un compás muy lento. Pero, milímetro a milímetro, también el mostrenco mausoleo andaluz ha sido erosionado por el hastío y el tiempo. Y por la realidad: esto es, por la política. El monopolio del PSOE se asentó allí, durante cuarenta años, no sobre paradigmas socialistas -ni revolucionarios, ni socialdemócratas-, sino sobre una sentimentalidad populista, ajena a racionalidad.

Y ese sentimentalismo fue rentable. Hoy, es un lastre. Otro populismo más brutal ha entrado en liza. Proclama lo que el PSOE sólo sugería: que ser andaluz da derecho a ser mantenido por el resto de España. Es un dogma suicida. Pero grato. Entre dos demencias, Susana Díaz y Teresa Rodríguez, el elector populista irá optando por la más delirante. La política está ya en otro sitio: se llama PP, C’s, Vox.

Será difícil componer una alianza de gobierno. Una pésima ley electoral condena a España a esta lógica de la repetición, en la que habita el desasosiego. Pero todo ha cambiado.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor