Lo hemos dicho ya en ocasiones anteriores y lo repetiremos una vez más, España es un país que, desgraciadamente, navega a la deriva, sin derrota, encaminándose al abismo si no somos capaces de poner remedio de forma inmediata.

Tal parece que el objetivo de los socialistas -el peor enemigo de España en toda su historia- y de sus socios -podemitas malvados; filoterroristas; golpistas; separatistas y perroflautas en general- no es otro que el de acabar con España, sumiéndola en el caos y en la ruina más absoluta, siguiendo al pie de la letra los perversos dictados de la élite globalitaria que, oculta tras las sombras, moviendo unos hilos siniestros, pretende asumir el poder en el mundo.

España es, a decir de muchos, un Estado fallido en el que, a quien le da la gana, se salta la ley a la torera, llegando a incumplir las sentencias de los más altos tribunales. Llega con ver la deriva independentista de los catalonios, a cada paso más afianzada, y la flagrante insubordinación de sus dirigentes, con la connivencia del gobierno socialista-comunista, al poder judicial y a sus decisiones por más que estas sean firmes.

Un país que ha perdido todo el peso específico en el concierto de las naciones. No pintamos nada en ningún organismo internacional en los que estamos integrados -ONU, Comunidad Europea, OTAN, etc.- y nadie nos tiene -el moro incluido- en la mínima consideración ni respeto. Ejemplos de ellos ha habido bastantes.

España se ha vendido, con la anuencia de una buena parte de los españoles y, especialmente, de este gobierno de chirigota mala que tenemos, a la anti-España que campa a sus anchas sin que nadie le ponga coto.

Por un puñado de votos para que el siniestro tipo ese del pantalón de pitillo y andares chulescos y sus palmeros -la nieta de doña Rogelia, la otrora “favorita” y el resto del mariachi- se mantengan unos meses más en el machito, cualquier cosa vale.

Desde acercar a la sanguinaria canalla etarra a las cárceles de las Vascongadas, pasando por tolerar que los catalonios golpistas hagan lo que les viene en gana, hasta indultar a delincuentes condenados si tiene rédito político, todo tiene cabida ya que para todos estos “el fin justifica los medios” lo que, una vez más, pone de manifiesto la catadura moral y humana de estos que nos desgobiernan.

Vivimos en un país gobernado por leyes ideológicas, una buena parte de ellas producto de decretos-leyes, cuya constitucionalidad es más que dudosa en la mayoría de los casos.

El hombre, como ser humano, vale menos y está menos sujeto a derechos que la mujer y tal afirmación que consideran todo un axioma todas estas descerebradas de la maldita podemia les lleva a extremos tales como ese de pretender prohibir el ejercicio de la prostitución, no por proteger los derechos y libertades de la mujer, si no con el único propósito, al menos eso cree la “otrora favorita” y otras de su misma especie, de cercar al hombre, tal vez porque ellas mismas se valieron de tales prácticas, no remuneradas económicamente, para alcanzar los puestos que ostentan que, en ningún caso, obedecen a sus valías personales y, mucho menos, profesionales.

Un país en el que un perro, un gato o cualquier animal tiene más valor que las personas -ya lo vimos en el ilegal encierro de la “plandemia”, cuando el que podía salir a la calle era la mascota y subsidiariamente quien la acompañase-.

A quien se le ocurra matar a una mascota -una salvajada como otro cualquiera- será objeto del mayor reproche legal, sin embargo – y parece que en esto está de acuerdo también la progresía de la derechona-, se permite y se anima a abortar a cualquiera, incluso a jóvenes que, por motivo de su edad, tales acciones -beber una copa, comprar un paquete de tabaco, salir fuera de España, conducir un vehículo de motor y hasta votar- las tienen vetadas.

Aunque, evidentemente, el objetivo final de estas salvajes medidas, que rayan con lo criminal, es dar un paso más para logar que la mayoría de edad se alcance a los 16 años con lo que, merced a las paguitas que se dan a los jóvenes con el dinero de todos, obtendrán el correspondiente rédito político a base de un incremento de votos, algo similar a lo que sucede con la masiva inmigración ilegal a la que le buscarán el resquicio legal que les permita votar más pronto que tarde.

El colmo de la maldad es ese afán perverso de no evitar, al precio que sea, que una mujer aborte, eliminando periodos de reflexión, no permitiendo que nadie pueda aconsejarla para que desista de su voluntad de abortar, etc., etc. Es una pena que las madres de estas que ahora defienden con encono la legalización de este crimen no tuviesen oportunidad de hacerlo en su momento ya que, tal vez, nos hubiesen evitado muchos dolores de cabeza.

Vivimos en un país que, por ese pernicioso afán socialista de subsidiar a las personas a base de miserables paguitas, nadie quiere trabajar, prefiriendo malvivir, pero sin hacer nada, antes que doblar el espinazo para abrirse paso en la vida.

Un país en el que, de forma engañosa, se ha alentado a la juventud para que acceda mayoritariamente de la Universidad y así poder colgar un título en las paredes de sus casas, título que, a la postre, no le sirve para nada si su familia no tiene capacidad para sufragarle un master, llave maestra que le abrirá las puertas al mundo laboral. Es decir, seguimos en las mismas: el rico puede y el que no lo es se tiene que joder, hablando en plata.

Estamos gobernados por los grandes grupos de presión, esos detrás de los cuales se esconden los grandes negocios de tipos siniestros como Soros y Bill Gates -el ecologismo, el veganismo, el feminazismo, el lgtbi, el animalismo, las corrientes de inmigrantes ilegales, etc.- que son, en definitiva, quienes marcan corrientes e imponen normas para lograr, a la mayor prontitud posible, los designios de esa miserable agenda 2030.

Y que nadie se preocupe ya que, terminada la “plandemia” por no dar más de sí, ahora comenzarán a machacarnos con ese nuevo negocio, el cambio climático que servirá como excusa para seguir limitando nuestros derechos y libertades. Por cierto, ¿alguien se acuerda de la famosa capa de ozono?, el gran monstruo de las gallegas de años atrás.

Mientras tanto, el campo se muere ahogado por las exportaciones extranjeras y por las limitaciones y cortapisas nacionales; la industria nacional está a la deriva; la cesta de la compra, al igual que la gasolina y la electricidad, se dispara; los comedores escolares, como sucede con libros y uniformes, se ponen por las nubes; las hipotecas suben; el paro sigue aumentando incluso en los meses de verano; los sueldos no suben debido, en la mayoría de los casos, a la agobiante presión fiscal para mantener chiringuitos afines, ministerios inútiles, asesores por doquier y políticos -de uno y otro signo- vagos profesionales.

Por descontado no alcanzaremos, ni por asomo, la cifra de turistas que nos visitaron en 2019 que superó los ochenta y cinco millones y medio de extranjeros y si se incrementó el turismo nacional fue debido, precisamente, a la menor capacidad económica de los españoles. Conste que ya se encargará la prensa afín, debidamente subsidiada con el dinero de todos, de engañarnos con comparativas relativas a los años de la “plandemia” que no dejan de ser verdades a medias.

La juventud, esa de la que dicen es la “mejor formada” de la historia, aparte de no saber nada de nada, carece de cualquier tipo de valores salvo su afán hedonista de vivir la vida a tope sin cortapisas de tipo alguno. Todo esto que está sucediendo a los jóvenes les trae al pairo en todos los sentidos y Dios nos libre de tener un contratiempo serio ya que para defender a España tendrán que tirar de los jubilados.

España, preocupada fundamentalmente por las “vacas” -vacaciones-, “cañitas”, “playitas” y “terracitas”, sigue dormida viendo la televisión, especialmente esas cadenas alienantes -la totalidad de las llamadas generalistas y Netflix, otro cáncer que está causando mucho daño especialmente a los más jóvenes-, sin preocuparles lo que sucederá mañana.

Pues nada, harán buena aquella expresión popular de que “quien con gusto muere hasta la muerte le es dulce” y eso será lo que le sucederá a España si no nos ponemos de inmediato las pilas y echamos a todos esos que nos desgobiernan, sentando a alguno de ellos -ellas incluidas- en el banquillo de los acusados por delitos de lesa patria.

Eugenio Fernández Barallobre ( El Correo de España )