UN PAÍS LIBRE

Al margen de la incertidumbre que siempre se abre cada vez que se produce un relevo en la Presidencia norteamericana, ayer tuvimos una nueva oportunidad para admirar a ese gran pueblo que son los Estados Unidos. Una nación capaz de convertirse en la primera potencia del mundo, merced a su disposición a acoger a lo largo de los siglos a ciudadanos de todas las razas y de todos los orígenes. Es cierto que también es un país lleno de imperfecciones, pero cumplir lo soñado es más factible allí que en la vieja Europa o que en otros muchos lugares del planeta.

En gran medida, porque para ellos la libertad es libertad, no una expresión retórica. Una libertad responsable que obliga a cumplir con el armazón jurídico que garantiza y hace posible que hasta un hombre como Trump –tan al margen de tantas cosas, tan enredado en exceso en otras– pueda llegar a la Casa Blanca. Un Estado de Derecho, en definitiva, que consagra el principio de proteger a la sociedad libre y democrática de sus enemigos. Por eso, cada cuatro años, renueva su fe en esos principios, deseándose lo mejor y preparándose por si ocurriera lo peor.

El Astrolabio ABC