UN PAR DE JUECES

«Los hombres duros no bailan», escribió Norman Mailer, y los jueces buenos no tuitean. Por eso Manuel Marchena ha escrito un comunicado cuya esencia manifiesta: «Anticipo públicamente mi decidida voluntad de no ser incluido (…) entre los candidatos al puesto de Presidente del Tribunal Supremo y del Consejo General del Poder Judicial». Marchena no es Bosch Grau, no sé si me entienden. Él ha puesto una dosis de dignidad tan necesaria como infrecuente en la España del pedrisco.

Marchena puso los trinos justo al día siguiente de que Cosidó encadenara con mucho virtuosismo sus roznidos. El primero de sus errores fue enviar a sus compañeros del Senado ‘whatsapps’ a tutiplén, jactándose del fichaje de Manuel Marchena y de que el partido podría «controlar las Sala Segunda desde detrás».

 No hizo ninguna consideración sobre la posibilidad de que el apartamiento del juez Marchena del tribunal que ha de juzgar a los golpistas catalanes pueda tener efectos en unas fechas ya próximas a la apertura del juicio oral.

Cosidó dio por buena la negociación de Rafael Catalá que incorporó al CGPJ al juez que metió en su sentencia de la Gürtel las dos morcillas jurídicas que justificaron la moción de censura y hasta los argumentos que en aquella infausta sesión empleó Rivera antes de abstenerse, aunque tenía razón en su valoración global: «Marchena pone la dignidad; Casado y Sánchez, la vergüenza». Un mea culpa sobre sus argumentos espurios en la moción y le habría quedado perfecto.

José Antonio Zarzalejos modulaba un tuit inobjetable: «Lo que procede es que Pablo Casado pida la dimisión de Cosidó y declare perdida su confianza en Catalá por una cuestión de dignidad». El doctor Plagios se ha mostrado muy de acuerdo con la renuncia de Marchena. Uno hubiera preferido que renunciara José Ricardo de Prada, que era candidato de Sánchez.

Pero estará bien que Marchena siga en la Sala Segunda y él debería pedir otro tanto a Lola Delgado por una serie de motivos que no cabrían en esta columna y que se rematan con su corresponsabilidad en el acuerdo con su antecesor, aunque más tonto estuvo el negociador del PP, las cosas como son. Mientras llega la necesaria reforma de la LPJ, uno se agarra a su pelotón spengleriano, a la pareja que forman Llarena y Marchena.

Santiago González ( El Mundo )