UN POCO DE HOMBRÍA, PRESIDENTE

Parece una conclusión bastante segura decir que no está claro quién ganó el debate del lunes, pero sí quién lo perdió, por más que sus medios afines se empeñen en decir que fue el vencedor. El gran derrotado fue Pedro Sánchez, al que le dieron una paliza considerable. Principalmente Pablo Casado, que tenía claro quién era su rival a diferencia de otros partidos que disparaban en múltiples direcciones.

Casado enunció las cinco razones en las que Sánchez había sustentado su moción de censura a Rajoy y demostró la falsedad de las mismas: no obtuvo respuesta. Le pidió que definiera lo que es una nación y si Cataluña lo es: obtuvo la callada. Le preguntó por las pensiones: nada respondió.

E inquirió por sus posibles pactos con los independentistas: Sánchez se quedó mirando el folio en el que parecía escribir todo lo que dejó redactar a Irene Lozano en su libro sobre su asalto al poder. Hay que ser muy cobarde para no mirar a la cara a ninguno de los cuatro interlocutores que tuvo Sánchez el lunes.

Quizá fuera una estrategia genial para intentar disimular la falta de respuestas. Pero, si ésa es la razón, habrá que reconocer que es muy preocupante que en esta sociedad no pese nada el plagiar una tesis y el no tener la hombría necesaria para mirar a la cara a quien te critica con argumentos.

No son pocos los que consideran que el gran ganador de la velada fue Santiago Abascal. Desde luego consiguió colocar todos los puntos que había preparado bien. Su tono populista quedó marcado desde su llegada al plató sin corbata. Era una forma de manifestar un posicionamiento en un momento en que algunos estudios sociológicos indican que Vox está faenando en los caladeros de Podemos.

Como todo populista, empleó datos falsos al hablar de la inmigración. Dijo que el 70 por ciento de los imputados en delitos de manadas, de las que dijo que había 100, son extranjeros. La realidad es que ni ha habido 100 manadas ni un 70 por ciento de extranjeros. El dato real es que el 75 por ciento de los condenados son españoles. Pero Abascal supo hacer llegar con efectividad su mensaje y se mantuvo aferrado a la defensa de la Constitución y la legalidad en Cataluña, acompañado de poner en práctica las medidas más extremas que permitiría la Carta Magna.

Empezando por la reforma de la misma para acabar con el Estado autonómico. Que es una medida perfectamente legítima si se realiza por la senda de marca la Constitución. Y lanzó la machada de pedir «eliminar la sanidad universal para los inmigrantes».

Cabe suponer que se refería a los ilegales, porque si de verdad lo pedía para todos, ya pueden tomar nota los emigrantes españoles repartidos por países de la UE donde disfrutan de una sanidad que una medida como la de Abascal les haría perder.

El papel de Iglesias y Rivera fue discreto. Probablemente Iglesias convenció a sus fieles y eso podría haberle permitido recortar pérdidas en otras direcciones, pero ese tono profesoral empieza a resultar cansino. Y más a una hora en que no dan clase ni en las universidades laborales nocturnas. Más notorio fue el caso de Albert Rivera, el que fuera campeón de España de debate universitario, que no tuvo su mejor día.

Para mí resultó especialmente penosa su exhibición del detritus resultante de los choques de salvajes con la Policía en las batallas campales de Barcelona. Llamó adoquín a lo que en realidad era una baldosa, cosas muy distintas, pero España entera se ha pasado 24 horas hablando del adoquín. Tres décadas de educación socialista tienen esas consecuencias.

Ramón Pérez-Maura ( ABC )

viñeta de Linda Galmor