En las plazas públicas, los mercadillos, las casetas de feria, las callejuelas en las que se trafica con secretos prohibidos e incluso en los bares que huelen a fritura se escuchan conversaciones más razonables y respetuosas que en los escaños del parlamento español donde un buen número de los 350 ciudadanos de ambos sexos que han sido elegidos en los comicios generales, cada semana dan un espectáculo que no es ejemplar.

 Dicen que representan la soberanía popular, pero muchos de ellos cumplen esa función con palmaria indignidad, porque la mayor parte de sus paisanos de ciudad o de campo, demuestran más educación, clase, tolerancia y respeto mutuo que algunos de los gañanes del gobierno y la oposición.

En algún momento llegué a pensar que el nivel de dignidad, rigor y educación de los parlamentarios había descendido con la llegada al Hemiciclo de personajes como Gabriel Rufián, Pablo Echenique y otros que se parecen a ellos, pero no es así porque algunos diputados con varios trienios calentando el escaño a cinco mil euros al mes más prebendas,  actúan como verduleras cabreadas cada vez que insultan a alguien para hacer méritos ante el dueño de la bancada que decide si merecen seguir, o los despide en la siguiente legislatura.

La falta de respeto que sienten los diputados por los electores les lleva a convertir las sesiones del parlamento en una barra de bar en la que, mientras se insultan, solo les falta la copa de orujo blanco en la mano para que la fotografía del esperpento sea perfecta.

Algunos oradores son incapaces de construir un discurso argumentado y les basta con subirse a la tribuna en mangas de camisa, con marcas de sudor en el sobaco, para vomitar unos cuantos insultos contra el oponente político.

Pero la señal más burda de irrespeto a los ciudadanos la exhibe el Presidente del gobierno cada semana cuando se niega a responder preguntas en las sesiones de Control al ejecutivo, que se han convertido en un trámite en el que tanto él como el jefe de la oposición solo buscan un titular en un periódico o una frase de seis palabras en una televisión, en vez de una respuesta que satisfaga a los ciudadanos.

Pero conviene no perder la esperanza de ir a peor, porque algunas amenazas de los artistas de la segunda fila suenan a navaja en el liguero recién aparcado el Falcon al regresar del Vaticano, y dado el nivel de cutrerío que existe en esta legislatura, no quiero ni imaginarme lo que podrá pasar dentro de unos años cuando los diputados de entonces hayan pasado de curso en el colegio sin necesidad de aprobar las asignaturas gracias a las eminencias que hoy nos gobiernan.

Diego Armario