Pedro Sánchez se ha convertido en un peligroso aventurero que además está siendo humillado por ERC. Este miércoles se presentó en el Congreso para volver a justificar los indultos de los líderes separatistas con la burda excusa de la concordia, y a la vez se puso la chaqueta de constitucionalista al afirmar que «nunca jamás» permitirá un referéndum de autodeterminación.

Sus bandazos empiezan a constituir una antología, no ya de la contradicción, sino de la mentira más descarada. Y el portavoz de ERC lo desnudó con una simple frase: «También dijo que nunca habría indultos… denos tiempo». Mientras, Pere Aragonès ya diseña un otoño caliente de reactivación del separatismo en las calles para presionar a Sánchez.

Sin embargo, esta apariencia de discrepancias de fondo forma parte de un inmenso teatro. Lo grave es que la agenda real de Sánchez y la Generalitat permanece oculta. Y cuando Aragonès dice tras reunirse con él que ambos pactaron una hoja de ruta hacia la soberanía con consulta incluida, y la versión del Gobierno se limita a admitir que abordaron optar a unos Juegos Olímpicos, entonces el despropósito se convierte en una tomadura de pelo.

Este Sánchez revestido de institucionalidad no es creíble. Ya no. El presidente del Gobierno ya no es un problema para España, sino que se ha convertido en un problema para sí mismo con el que arrastra al PSOE a la pérdida absoluta de credibilidad. Su afición a cambiar de opinión sin el menor recato ético, y con total desahogo político, lo hace ya incapaz de distinguir entre su obsesión por el poder y la política de Estado. No es ceguera.

Es una deliberada estrategia para generar confusión en el Parlamento mientras diseña una agenda opaca con el separatismo. Cuando afirma que «el PSOE nunca, jamás, aceptará una reforma constitucional para el referéndum», conviene desmenuzar la letra pequeña y no asumir la grandilocuencia de su frase

No puede aceptar una reforma constitucional que altere el concepto de soberanía nacional por la sencilla razón de que para eso necesita al PP, convocar un referéndum, disolver las Cortes y celebrar elecciones. Y eso no va a ocurrir. El único «nunca, jamás» fiable de Sánchez es que vaya a poner en riesgo el poder.

Sánchez dice más con lo que calla que con lo que habla. Su plan es reeditar el plan soberanista que ya puso en marcha Rodríguez Zapatero en 2006 avalando una reforma del Estatuto de Cataluña, esto es, usando una ley orgánica con la que imponer una reforma encubierta de la Constitución sin tocar la Carta Magna.

La trampa, digerida con total irresponsabilidad por el Congreso aquel año, solo fue detectada por el Tribunal Constitucional, que tumbó decenas de preceptos estatutarios por ilegales, ya que atribuían a la Generalitat competencias exclusivas del Estado. Zapatero pretendió diseñar una España federal, una nación de naciones sin alterar la Constitución, y Sánchez aspira a reeditarlo.

Puede creer lo que quiera, incluso que basta con que el Parlamento apruebe una ley para reformar la Constitución por la vía de los hechos consumados. Pero aquí aún rige la separación de poderes. De ahí su afán por controlar férreamente al Poder Judicial y al propio TC con comisarios que esta vez no fallen al PSOE, como sí ocurrió en 2010 con el Estatuto catalán.

Suponiendo que este miércoles dijera la verdad, lo cual es mucho suponer, este Sánchez estadista debe hablar más claro y contestar a una pregunta muy simple: si no va a haber referéndum -Iceta y Zapatero sí lo piden-, ¿para qué acepta que la mesa de diálogo aborde un referéndum de autodeterminación?

A estas alturas, solo cabe la ingenua esperanza de que, como al resto de los españoles, también esté engañando al independentismo.

ABC