UN REY EJEMPLAR EN TEMPOS DUROS

«Una Monarquía renovada para un tiempo nuevo». Es lo que prometió Felipe VI cuando hace hoy seis años fue proclamado Rey por las Cortes tras un modélico relevo al frente de la Corona que significó un verdadero pacto de Estado entre las principales fuerzas políticas de nuestro país: PP y PSOE.

Entonces el Parlamento aún no estaba tan fragmentado. Se encontraba al frente del Gobierno Mariano Rajoy, quien hoy subraya en nuestras páginas que aquella operación supuso la renovación del pacto constitucional, con el mismo espíritu que había alumbrado la Transición que dio paso a nuestro actual régimen de libertades.

El Rey Juan Carlos, que había pilotado con tanto acierto aquel complicado proceso, abdicaba y daba paso a su hijo en un momento en el que la Corona necesitaba un nuevo empuje, recuperar prestigio y avanzar en transparencia y ejemplaridad.

Y todo manteniendo su papel fundamental en el vértice de nuestro sistema institucional. Porque la Monarquía no es una institución ornamental. Es, por un lado, símbolo de la continuidad y de la unidad nacional que garantiza a todos los españoles sus derechos constitucionales, y a la vez es el árbitro imprescindible que asegura el correcto funcionamiento de las instituciones.

Esa doble función la está cumpliendo sin tacha Don Felipe, con la rectitud y neutralidad que se le exige. En sus seis años de reinado ha impulsado profundos cambios en la Corona para cumplir la promesa de su proclamación, incluidas la remodelación de la Familia Real y la aplicación de estrictas normas de transparencia. Está al frente, sin duda, de una «Monarquía renovada».

Y en un «tiempo nuevo» y muy convulso, en el que Felipe VI se ha enfrentado a desafíos graves: el primer año de bloqueo político, un proceso golpista en Cataluña -para cuya desarticulación fue decisiva su intervención, algo que no le perdonan los independentistas– o la actual pandemia. En estas duras circunstancias, el Rey ha ejercido su rol con acierto notable y gran prudencia.

La Monarquía se ve zarandeada también por distintos escándalos que implican a Don Juan Carlos. Cabe subrayar la enérgica reacción del actual Rey, para quien no caben «conductas no ejemplares». Pero solo a un necio se le escapará que la campaña de acoso contra la Corona, que incluye el bastardo intento de hacer pagar al hijo los errores del padre, busca dinamitar nuestro actual marco constitucional.

Porque el Monarca es el aval de su permanencia. Y no sería tan inquietante ese plan si sus promotores no se sentaran hoy en el Consejo de Ministros.

El Mundo