Sin anestesia ni eufemismos, disfrutando de su cargo de vicepresidente segundo del Gobierno y consciente de que sus escaños son imprescindibles para Pedro Sánchez, Pablo Iglesias desgranó ayer en el Consejo Ciudadano Estatal de Unidas Podemos un plan político que conduce a España al conflicto civil. Iglesias fija como objetivo de su partido la derogación de la Monarquía parlamentaria, la instauración de una república y la transformación de España en un Estado «más federal, confederal», como si ambos modelos fueran compatibles, ignorancia inexcusable en un sedicente profesor de Ciencias Políticas.

La demagogia de Iglesias se adorna con la habitual invocación a los jóvenes, de los que dijo que no entienden que no se pueda elegir al Jefe del Estado, nueva prueba de la ignorancia deliberada del vicepresidente del Gobierno sobre la legitimidad democrática de la Corona.

El mensaje no va dirigido al Rey, ni a los jóvenes, ni siquiera a Ciudadanos -al que despreció varias veces en su intervención-, sino a Pedro Sánchez, convertido por voluntad propia en el padrino de una formación política que quiere pactar una nueva transición con los golpistas de ERC y los proetarras de EH Bildu.

Esta es la verdadera realidad del Gobierno de coalición que preside Sánchez. Es un proyecto político cuyo propósito es hacer una transición vengativa contra media España. Convendría que Ciudadanos se enterara de esto de una vez y dejara de creer que su gran aportación al país será evitar que el impuesto sobre la renta suba uno o dos puntos.

Pedir una república federal -y confederal al mismo tiempo, según el creativo vicepresidente segundo- no es sólo pedir la abolición de la Monarquía. Es desfigurar España como realidad nacional y adentrarla en la senda de los sistemas autoritarios con los que se identifica Iglesias.

Lo que propone Iglesias es muy viejo y ya sabemos, precisamente por nuestra «memoria democrática», la misma que pretende manipular el Ejecutivo, cómo ha funcionado en España y qué consecuencias trágicas ha tenido para los españoles. El líder de Unidas Podemos no oculta su plan para dinamitar los cimientos de nuestro Estado de Derecho. Nunca lo ha hecho. Es el PSOE el que con su pasividad y su cinismo alienta, al tolerarlas, unas tensiones que resultan demoledoras para nuestra convivencia.

Las «distintas sensibilidades» que conviven en el Gobierno no pueden servir de excusa para que Pedro Sánchez se presente ante la opinión pública como un estadista cuya figura política se beneficia del creciente radicalismo, cada vez más desinhibido, de su vicepresidente segundo.

Socavar las instituciones democráticas desde el propio poder ejecutivo es obra de Pablo Iglesias, pero es Pedro Sánchez el que lo permite con su silencio, interesado y cómplice.

ABC

viñeta de Linda Galmor