Ayer fue un día en el que se cayeron muchas caretas. Los españoles esperábamos que el presidente mostrase un férreo compromiso con la regeneración política y que, ante las gravísimas acusaciones judiciales y personales que pesan sobre Unidas Podemos y su líder, diera un paso al frente propiciando que Pablo Iglesias pudiese ofrecer en el Congreso las explicaciones pertinentes sobre las diversas tramas.

Sin embargo, lo que vimos fue a un Sánchez que prefiere seguir ocultando debajo de la alfombra las vergüenzas de su vicepresidente, arropándolo sin ambages, y a un PSOE que impidió la comparecencia parlamentaria de Iglesias.

Se erosiona así gravemente la responsabilidad de transparencia y se mina aún más la frágil confianza que el ciudadano tiene en sus gobernantes sólo para tratar de limar las fuertes desavenencias internas que sufre la coalición desde hace meses y dar cierta imagen de unidad.

Aunque lo correcto sería decir falsa unidad. Porque mientras Sánchez lanzaba un salvavidas a Iglesias, este ataba una soga al cuello de la ministra de Educación.

Violando el secreto del Consejo de Ministros, desde la formación morada se ha querido filtrar que Iglesias ha puesto contra las cuerdas a Celaá, acusándola de falta de liderazgo y señalando su inacción a la hora de garantizar una vuelta a las aulas segura.

La coalición cada vez da más muestras de su fragilidad.

El Mundo