UNA DE FANTASMAS

Al día siguiente de su archipublicitada victoria retroactiva contra un dictador que murió cuando él tenía tres años, Pedro Sánchez proclamó en una de sus televisiones de cabecera que «lo importante no es ganar por más o por menos, sino acabar con el bloqueo».

Esa declaración en una entrevista programada para sacar músculo de la operación Cuelgamuros, que su aparato de propaganda había convertido en una hipérbole política de probables efectos contraproducentes, equivalía a un parche preventivo ante la incertidumbre de un resultado electoral que, si no pinta adverso, sí apunta por debajo de las expectativas que Moncloa albergaba cuando apostó por forzar la repetición de los comicios.

Era la constatación de que el marco de la campaña se ha desviado del eje plebiscitario en que los estrategas de Presidencia la habían situado en sus primeros cálculos: la idea de presentar al presidente como víctima de un cerco multipartidista no sólo no ha funcionado sino que se ha ido disipando a medida que el recrudecimiento del conflicto catalán se apoderaba del primer plano.

Ésa es la principal razón de la sobreactuación del Gobierno en el desenterramiento de Franco: la necesidad de recurrir a un comodín de emergencia, a una baza que armase el suficiente ruido para apartar la nueva insurrección separatista de la apertura de los telediarios.

Sin embargo, el evidente exceso coreográfico de un montaje peliculero, fantasioso, grandilocuente en su pretensión de historicidad, ha podido procurar un efecto contrario al suscitar en la opinión pública la casi unánime impresión de que a los guionistas se les había ido la mano por la necesidad de agrandar artificialmente el «relato».

El prescindible despliegue, que dejó al descubierto el cartón electoralista de la maniobra, ha acabado por amortiguar su impacto y por banalizarlo en la tendencia de los gurús sanchistas a envolver cualquier decisión en la alharaca del espectáculo.

Pero hay otra consecuencia colateral que los frívolos asesores gubernamentales no han tenido en cuenta. En su afán de magnificar el simbolismo del desalojo de los restos de Franco, han exagerado también la importancia de su herencia.

El protagonismo otorgado a los nostálgicos de la dictadura, un insignificante y folclórico retén de fantoches que llevaban décadas desaparecidos de escena, ha venido a reforzar la tesis que el secesionismo y la extrema izquierda propagan sobre la incrustación del franquismo en la estructura del Estado y el sistema.

Todo el razonable esfuerzo con que el ministro Borrell trata de combatir ese alegato nihilista presentando una nación moderna ante la opinión extranjera se desmorona cuando los medios internacionales publican imágenes de los golpistas de los años ochenta agitando sus raídas banderas y vociferando consignas de retórica añeja.

Y la insistencia del propio Gabinete en que la exhumación viene a cerrar una época abona la afirmación torticera de que la democracia española era imperfecta o incompleta. La intención de estimular el discurso radical de Vox para achicar la facturación del centro-derecha constituye una coartada táctica muy poco honesta para el demoledor daño que el prestigio del régimen de libertades sufre con esa espuria estrategia.

Por no hablar de los estragos en la convivencia producidos por el uso sesgado de una ley que, bajo el elogiable pretexto de cerrar las últimas heridas memoriales de la guerra, está sirviendo para construir una nueva trinchera en cada fosa recién abierta.

Con todo, este exorcismo de fantasmas, momias y demás espectros no parece tener el suficiente peso para sobrevivir mucho rato a la alta volatilidad de un momento político que consume debates a ritmo de vértigo, y en el que sólo el problema catalán resiste con obstinación la voracidad del tiempo.

El respiro que Sánchez se ha proporcionado a sí mismo con el lúgubre trasiego de huesos tiene poco recorrido ante el empeño nacionalista por mantener vivo el clima de rechazo a la reciente sentencia del Supremo.

Este mismo fin de semana, aniversario de la declaración de secesión, diversas movilizaciones de signo diverso, incluido el violento, han devuelto a Cataluña la condición de elemento central de una campaña de perfiles inciertos, en la que todos los partidos buscan un argumento, un motivo de decisión del voto que active a un electorado escéptico y reticente a que los partidos depositen en él la responsabilidad de acabar con el bloqueo.

El presidente no está cómodo en ese marco. Consciente de que su avance en las urnas será insuficiente en el mejor de los casos, se empieza a ver abocado a requerir para la investidura el concurso de un independentismo de disfraz pragmático, al que no podrá acudir si retorna a las calles el furor incendiario.

Tampoco puede permitir sin pagar un precio alto que su voluntad de apaciguamiento ante la borroka callejera se note demasiado. Necesita tranquilizar el escenario, rebajar la tensión, y para ello no ha dudado en inspirar el aplazamiento de un «Clásico» futbolístico que prometía incidentes televisados.

Su mayor peligro es que los CDR que anima Torra vuelvan a desatar, como anoche, su ardor revolucionario. Tal vez pueda consolarse con la crecida de Vox, que de mantenerse al alza impedirá al PP superar el centenar de escaños y desmantelará a Ciudadanos.

Pero a dos semanas del 10-N, el mantenimiento de un statu quo sin sobresaltos se le va a hacer muy largo. Y ya no puede volver a cambiar de sitio el ataúd desvencijado que desde el jueves reposa entre las telarañas de la Historia y de un pequeño cementerio de El Pardo.

Ignacio Camacho ( ABC )

viñeta de Linda Galmor