UNA DEMOCRACIA CORRUPTA

En los últimos años, en la radio y en la prensa digital que nos lo ha permitido, hemos estado avisando de lo que podía pasar en España si una coalición de partidos de extrema izquierda, con la ayuda de los enemigos declarados de la nación, llegaban al poder. No sólo en lo tocante a la integridad de la nación, no sólo en las políticas económicas y sociales, sino también y sobre todo en lo tocante a los derechos y libertades fundamentales de las personas.

Y aunque algunos nos tildaban de catastrofistas, nuestro aviso se fundamentaba en una regla que pocas veces falla, y es ver qué ha ocurrido en el pasado cuando han gobernado los padres políticos de éstos que mandan ahora, dentro y fuera de España. Como ya hemos dicho en otras ocasiones, no hay excepción a la regla de que allá por donde pasa el marxismo, no vuelve a crecer la hierba, igual que pasaba con el caballo de Atila.

La polémica del pin parental es sólo la punta del iceberg de un gran proyecto global para alienar a las personas, confundirlas con embustes de matriz claramente ideológicas, modificar las conciencias y trastocar las instituciones naturales que hemos formado los hombres desde los albores de la Humanidad, sobre todo la familia.
El socialismo necesita desmontar la fortaleza familiar, porque sólo así, creando individuos aislados y sin referencias, sin la protección de los que más les quieren, sólo así pueden los estados con ansia totalitaria convertirlos en pasto de su morralla ideológica. Vaciando el alma humana de las verdades eternas para dejarla hueca, al albur de cualquier aberración que decida imponer el mandatario de turno.
Y aunque el pin parental no es, obviamente, ninguna panacea, sí supone una traba importante para impedir que a los padres se nos robe el derecho fundamental a educar a nuestros hijos como mejor nos parezca, sobre todo en lo relativo a los valores y principios que rigen el alma humana.
Según explica VOX en su programa, y que ha servido de base para impulsar esta medida en Murcia, el pin parental supone un «consentimiento previo sobre cualquier materia, charla, taller o actividad que afecte a cuestiones morales socialmente controvertidas o sobre la sexualidad, que puedan resultar intrusivos para la conciencia y la intimidad de los niños en el colegio». Es decir, dicho claro y por derecho, que nadie pueda corromper a nuestros hijos en el colegio con la escusa de que se les está educando.
Recordemos que, por ejemplo, el gobierno de Navarra, formado por socialistas, podemitas y proetarras, ya impuso hace un año una serie de juegos eróticos para niños de cero a seis años, promoviendo el «reconocimiento de la sexualidad infantil desde el nacimiento», y (leo textualmente) planteando «las diferentes voces que habitan dentro de mí, si soy chica, o si soy chico».
En niños de cero a seis años de edad. Si esto no es corromper a los menores, pues entonces que nos digan los miembros de este gobierno qué es corromper a los menores. Porque, no nos engañemos, de este tipo de conductas a otras que justifican o relativizan la pedofilia (eso sí, siempre que el pedófilo no sea un sacerdote), hay sólo un paso.
 
Nosotros no vamos a contribuir con el silencio cómplice a allanar el terreno a estos verdaderos corruptores de menores. En la frase de la ministra portavoz, Isabel Celaa, el pasado viernes tras el Consejo de Ministros, se resume la teoría clásica del socialismo sobre los niños: «no son propiedad de los padres», porque son propiedad del Estado.
Naturalmente, los niños, como los adultos, sólo pertenecemos a Dios, no a ninguna otra persona, porque no somos objetos. Pero lo que torpemente quiso decir la señora Celaa es que los padres no tenemos derechos a impedir que el Estado juegue con la sexualidad de los niños, los confunda, los manipule y finalmente los corrompa. Porque lo que al socialismo y al Estado socialista les interesa es una generación entera de personas que no sean capaces de distinguir la verdad de la falsedad, lo bueno de lo malo, lo digno de lo aberrante.
 
Por eso nos hemos empeñado tanto en estos años en avisar a los españoles de que estábamos en el camino equivocado. De que el relativismo moral sólo conduce a un final, que es el totalitarismo demócrata. De que con políticas acomplejaditas, con vocecitas atipladas y con medias tintas, con sordina a la hora de proclamar y defender la verdad, sólo se termina de una forma, que es en las letrinas de la ideología más corruptora que ha visto la Historia de la Humanidad.
Para evitarlo, sólo había que hacer una cosa, que es votar en conciencia contra el mal mayor y contra el mal menor. Ahora ya tenemos el mal completo. Y harán falta bastantes más cosas que un artículo como éste para que los padres podamos seguir defendiendo la inocencia y la dignidad personal de nuestros hijos.
Rafael Nieto ( El Correo de Madrid )