La inexistencia del ya conocido como comité fantasma es solo una chapuza más, pero ilustrativa del caos desde el que se ha gestionado la desescalada en España. Esa descoordinación explica otro triste liderazgo de nuestro país, a la cabeza europea de la tasa de contagio por los rebrotes. Habiendo liderado el número de muertos por habitante y el de contagiados sanitarios, entre otras marcas para la vergüenza, cabría haber esperado de nuestros dirigentes mayor responsabilidad.

Durante semanas Moncloa amparó sus decisiones en el criterio experto de un comité compuesto por científicos de diversas áreas. Fernando Simón se negó incluso a revelar sus identidades para no añadir «más presión» sobre ellos. Pero esa ocultación era ilegal, pues tanto la Ley de Transparencia como la Ley General Sanitaria obligan al Gobierno a ofrecer detalles de sus asesores.

Ahora, forzado por la denuncia interpuesta ante el Comité de Transparencia, la directora de Salud Pública reconoce la evaluación de la situación sanitaria de las comunidades correspondía básicamente al ministro de Sanidad. Lo cual viene a dar la razón a Isabel Díaz Ayuso cuando exigió en los tribunales que se le aclarasen las razones por las que a Madrid se le negaba el progreso de fase. Decidía Salvador Illa, que es un político.

Esta revelación ejemplifica a la perfección el desmoralizador modus operandi del Gobierno en esta crisis, más atento a controlar la opinión pública que a diseñar una respuesta sanitaria, jurídica y económica escarmentada de la experiencia y ajustada a la eficiencia como único patrón. Pasó de concentrar poderes extraordinarios bajo el estado de alarma a desentenderse, abandonando toda responsabilidad en manos de unas autonomías sin las capacidades del estado de alarma.

En demasiados casos, las comunidades tampoco han mostrado la diligencia debida a la hora de reclutar rastreadores o a combinar la reactivación económica con restricciones claras de higiene social. Para más inri, la obsesión de Moncloa de dar por ganada la batalla contra el virus con tal de estimular la economía se ha topado con el fracaso diplomático que han supuesto la cuarentena del Reino Unido o las recomendaciones disuasorias de Alemania. A un confinamiento severo para compensar la falta de previsión inicial le sucedió una chapucera desescalada por la urgencia económica.

Resultado: no solo peligra toda la campaña turística de verano sino que España regresa a cifras de contagio de mayo. Y para colmo el desorden estadístico entre administraciones a la hora de contar positivos no se ha solucionado, lo que vuelve imposible presentar al mundo unos datos de país fiable.

Esta continua sensación de improvisación es insoportable. Nadie asume responsabilidades ni endereza el rumbo. Como los pésimos estudiantes, España lo deja todo para septiembre. Y para entonces todo será peor

El Mundo