Después de semanas escabulléndose para no ir al Congreso a debatir sobre Ucrania, ayer, con un ataque ruso lanzado a gran escala, Pedro Sánchez pidió acudir al Parlamento. La sede de la soberanía nacional le recibirá el miércoles que viene, prácticamente una semana después de que Moscú haya iniciado la invasión de su vecino. Para entonces, Vladímir Putin puede haber conquistado todo el territorio ucraniano.

Una dilatación así en la rendición de cuentas podría llegar a entenderse si la agresión rusa hubiera sido inesperada. Pero no es el caso. Llevamos semanas y semanas hablando de la acumulación de tropas moscovitas en la frontera ucraniana.

Los avisos de las fuerzas de inteligencia estadounidenses y europeas sobre la inminencia de un ataque militar han sido varios. Y frente a ello solo existía la nula credibilidad de un dictador que se dedicaba a afirmar que solo estaba haciendo maniobras. La situación lleva siendo tremendamente delicada durante todo este tiempo y un ataque como el que se ha producido era uno de los escenarios que se contemplaban.

Sánchez es quien define la política exterior española y debería haber acudido al Congreso antes de que la invasión estallara. Tenía que haber explicado a los españoles no solo qué información manejaba sino cuál era su posición dado que su socio de coalición no apoya una respuesta militar en el marco de la OTAN.

Así lo han venido haciendo los principales líderes europeos desde diciembre. De hecho, hemos tenido que escucharles a ellos para informarnos de qué sucedía entre Rusia y Ucrania, qué posición tenía la comunidad internacional y qué consecuencias podrían derivarse del conflicto.

Sánchez intentó compensar su opacidad de estas semanas ofreciendo ayer una declaración pública, la primera que hace expresamente sobre esta cuestión. Pero no permitió preguntas y tardó tanto en aparecer que cuando lo hizo no dijo nada que no supiéramos ya por boca de otros líderes o de miembros del propio Gobierno. Incluso Boris Johnson, que no es precisamente un ejemplo de mandatario serio, ha informado varias veces a su Parlamento y ayer por la mañana volvió a convocarlo para la tarde.

El líder socialista no tiene el poder para decidir ningún cambio en las misiones o el operativo militar español. Necesita la autorización del Congreso. Y ha utilizado el apoyo de los partidos conservadores como coartada para evitar rendir cuentas.

Es una falta de respeto a la Cámara, una más, que el jefe del Gobierno esté defendiendo ante la Unión Europea y la OTAN una posición sobre la que no ha dicho ni una sola palabra en la sede de la soberanía nacional. Si la situación no fuera tan grave, podríamos hacer apuestas sobre cuánto habrá cambiado la escena internacional que vemos hoy de aquí al miércoles.

La incomodidad que la rendición de cuentas parece generarle a Pedro Sánchez resulta preocupante

Ana I. Sánchez ( ABC )

viñeta de Linda Galmor