UNA FARSA

La historia se repite, primero se manifiesta como tragedia y luego como farsa. No es una frase muy original, pero en España es así.

Un cúmulo de circunstancias ha propiciado un indulto encubierto a los líderes del golpe de 2017 que ya empieza a ser efectivo. Se dirá que lo permite el PSOE, pero es quedarse corto, porque sabemos sólo que ha sido una suma de circunstancias: la sentencia de un Tribunal, es decir, una estructura de poderes, y el ejercicio de unas competencias, es decir, una estructura territorial. Esta especie de indulto es, pues, el resultado del constitucionalismo del 78 tutelado por un gobierno del PSOE.

Y por escandaloso que resulte, tampoco será el primero. Azaña ya indultó a quienes proclamaron el Estado Catalán en 1934, Lluís Companys y sus colaboradores. Algunas diferencias hay, sin embargo. El golpe de Companys no era separatista, proclamaba un Estado Catalán dentro de una federación; entonces hubo muertos, ahora no, y Azaña se presentó a unas elecciones prometiendo amnistía, al contrario que Sánchez.

Porque aquí encontramos un rasgo fundamental de lo que está sucediendo: el engaño, el subterfugio, el encandilamiento de los españoles. Azaña cumplía una promesa electoral, Pedro Sánchez la incumple.

El indulto de los golpistas catalanes ya es una costumbre en España. En 1931, Macià, fundador de ERC que había participado en el complot de Prats de Molló con el que pensaba invadir Cataluña desde Francia y por el que allí fue condenado solo a dos meses de cárcel, proclamó tras su estancia en Bruselas (nos suena) un Estado Catalán el 14 de abril. De ahí saldría otra negociación inmediata con el gobierno provisional de la Segunda República que daría como resultado el Estatuto de Autonomía catalán.

Y aquí estamos de nuevo ante algo parecido pero diferente, incruento, por fortuna, pero quizás más grave. Cataluña buscaba empujar hacia la federalización de España. En la actualidad, la izquierda española admite fórmulas federativas y el Estatuto parece un lugar de salida ante unas pretensiones separatistas explícitas.

Este proceso se parece al 34, pero coge maneras del 31 y encubierto con eufemismos como «diálogo» o «encuentro» repite la convergencia entre nacionalismo e izquierda que ya forzó el cambio de régimen en los años 30. Reaparece a modo de farsa, con personajes que cuesta tomar en serio, y un lenguaje equívoco y cursi con el que el español que quiera podrá aducir engaño.

Lo que entonces no se aceptó se tragaría ahora envuelto en la larga melaza conceptual elaborada desde Rodríguez Zapatero.

Hughes ( ABC )

viñeta de Linda Galmor