UNA FOTO MOVIDA

Además del retrato del Rey que Josep Bou colocó ayer ante el asiento que ocupa en el Ayuntamiento de Barcelona, al otro lado de la escalera del salón de plenos, en la bancada separatista, se encuentra la foto, tamaño póster, de Joaquim Forn, preso en Lledoners por su papel en el golpe de la Generalitat. La distancia que va de una a otra imagen, representación de los valores que cada uno defiende, no es solo física.

A través de la beatificación de sus antihéroes, impresos en estampitas, la apología del delito es una de los hechos diferenciales del nacionalismo catalán desde los tiempos fundacionales de Jordi Pujol. En la variedad del Código Penal está el gusto. De Pujol para abajo, todos han terminado en los tribunales o en el maletero de un coche. Torra es la excepción, pero progresa adecuadamente.

Esa iconografía del delito, inspirada en las paredes de las herriko-tabernas, es la que hoy hermosea el Ayuntamiento de Barcelona, donde no hay sitio para el retrato oficial del Rey. Ada Colau retiró en 2015 el busto de Don Juan Carlos y desde entonces no hay rastro de la Corona en el salón de plenos.

Ni siquiera la sentencia que hace dos años obligó a la alcaldesa a colgar el retrato de Don Felipe ha surtido efecto. Con la foto de Forn van servidos. Hay que reconocer que como símbolo de esa Cataluña por la que trabaja el independentismo Forn no tiene competencia.

Cuando Josep Bou sacó ayer la imagen de Don Felipe para pedir que la pusieran en su sitio, alguien desde la tribuna gritó «¡Viva el Rey de todos los catalanes!», lo que provocó, tras los correspondientes «vivas» de réplica, la inmediata reprimenda de la alcaldesa, que censuró la algarabía monárquica. Para quien considera los lazos amarillos una muestra de la libertad de expresión, vitorear al Rey atenta contra la convivencia. Esa es Ada Colau, sostenida en su herriko-consistorio por el PSC.

Los socialistas votaron a favor de colocar el retrato de Rey en su sitio, pero por imperativo legal y como consecuencia del auto del juzgado contencioso-administrativo número 3 de Barcelona, y no porque desde Ferraz les llegara el flyer de «Ahora, España».

Esa España cuyo nombre pronuncia ahora Pedro Sánchez con fe de converso no existe en la Cataluña de sus socios, y ese Rey al que el presidente en funciones utiliza para hacerle la goma a Podemos no tiene sitio en la Barcelona de Ada Colau. Sánchez ha posado con tantos enemigos declarados de España que su retrato oficial siempre será una foto movida.

Jesús Lillo ( ABC )