UNA FOTO RASGADA

Sánchez y su vicepresidenta Calvo muestran inquietud sobrevenida por las noticias falsas y la necesidad de regular la información sin precisar ni definir las nociones a las que se refieren: fake news, hechos alternativos, maniobras de distracción o noticias inconvenientes. Ambos se expresaron en contextos específicos propicios pero en mitad de la tormenta, en la semana más áspera y agónica de un Ejecutivo que arrancó cegador y radiante y serpentea tullido y sonado; cuando una maniobra de distracción tapó una noticia inconveniente. La prueba de que el affaire Villarejo-Garzón-Delgado ha tocado chicha es la exposición a la desesperada del peón Duque.

Cierto: las noticias falsas deterioran la democracia. Asistimos a este proceso degenerativo cada día en Cataluña. No es fácil combatirlas; no porque constituyan un fenómeno nuevo sino por las mutaciones del ecosistema informativo. Los cambios tecnológicos han propiciado que los bulos se extiendan con facilidad y a gran velocidad; la horizontalidad y desintermediación permiten también generar resonancia. Estas últimas son transformaciones sociopolíticas propiciadas por las tecnológicas; constituyen particularidades propias del populismo y de la avería moral y estética que lo han propiciado.

Sánchez y Calvo han de aclarar si pretenden auditar el mercado de la información sin hacer lo propio con el de la política. Hace unos días Iglesias declaró con desenfado que «últimamente [PP y Cs] compiten por ver quién defiende más a Franco«. Creó un hecho alternativo, o sea, soltó un bulo que «resiste la demostración de falsedad» porque goza de una audiencia dispuesta a dotarlo de verosimilitud, como explica Arcadi Espada. Sánchez y Calvo deben concretar si estos bulos que pueden generar un titular merecen reprobación.

Sánchez tendría que someter a juicio –autorregulación o regulación– su rudimentaria e inexacta conclusión: sostuvo resuelto que el PP es un partido corrupto. Lo dedujo por la multa de 245.000 euros a la que le condenó la sentencia de la Gürtel como partícipe a título lucrativo en los primeros años de la trama. Esto nos conduce a otro enredo que desnuda la voluntad del censor: regular sólo lo inconveniente y dónde trazar los límites de lo veraz y sancionable.

Cuenta el historiador J. M. Faraldo en Las redes del terror que un chekista encontró en una habitación el retrato de Lenin rasgado. Arrestó a la desdichada limpiadora Pershikova. El Gobierno acusa a los medios de rasgar su hermosa instantánea fundacional.

Javier Redondo ( El Mundo )