UNA HUMILLACIÓN INSOPORTABLE,QUE ABOCA A LAS URNAS

La democracia española vivió ayer uno de los días más aciagos de su historia. La decisión de Pedro Sánchez de celebrar el Consejo de Ministros en Barcelona degeneró en graves altercados a lo largo de la jornada y proporcionó al independentismo un subterfugio para seguir atizando su desafío al Estado.

Lejos de facilitar la distensión y de propiciar la vuelta de la Generalitat al marco constitucional, lo que se escenificó fue un humillante ejercicio de genuflexión ante los promotores del golpe, que no tienen mayor horizonte que el de romper la unidad nacional para lograr la secesión de Cataluña. Sánchez está dispuesto a arrastrarse lo que sea menester con tal de mantenerse en el poder.

De otra forma no puede entenderse el empecinamiento en un pretendido diálogo con quienes perpetraron la insurrección del otoño pasado. Una absoluta temeridad que, como se comprobó ayer con la violencia ejercida por los CDR y otros agentes radicales del separatismo, pone en riesgo la convivencia además de la cohesión territorial del Estado.

El problema de Sánchez es que está llegando tan lejos en su aventura de la mano de los secesionistas que ya no puede considerarse un rehén de éstos, sino corresponsable de su estrategia kamikaze.

 El presidente del Gobierno y Quim Torra representaron un vodevil, tan triste como vergonzante, con una escenografía protocolaria que se asemejaba a la reunión de dos pares políticos, cuando lo que allí se sustanciaba era un encuentro entre el jefe de Gobierno y el presidente de una autonomía que, según mandato constitucional, debe ejercer de máximo representante del Estado en esta comunidad autónoma.

El bochornoso comunicado conjunto de ambas instituciones, soslayando cualquier referencia a la Ley Fundamental, precedió a la intervención de Torra en la cena ofrecida por la patronal catalana. En este acto, el presidentse permitió insultar a toda la ciudadanía española y descalificar a nuestra democracia, tildándola de franquista. Todo ello ante la mirada impávida del presidente del Gobierno.

El corolario a esta afrenta llegó ayer de boca de Elsa Artadi, quien se permitió acusar al Ejecutivo de «causar inconvenientes» a los ciudadanos por la reunión del Gabinete en la Llotja de Mar, tachada de «provocación» por el secesionismo.

Las cargas de los Mossos y los cortes en más de una veintena de carreteras se saldó con decenas de detenidos. Si no pasó a mayores fue porque los propios mandos secesionistas, incluido Torra, llamaron a la calma en las últimas horas. Esta maniobra acredita que el bloque soberanista -especialmente la Crida de Puigdemont- controla la calle, cuya presión utiliza a conveniencia en función de sus intereses estratégicos.

Y ahora es evidente, a la vista de la aprobación del PDeCAT y ERC de la senda de déficit, que el independentismo se inclina por sostener a Sánchez. Saben que explotar su debilidad parlamentaria constituye un filón tan grande como el peligro que representa para la preservación de la idea de España como una Nación de ciudadanos libres e iguales.

Llegados a este punto, la situación de descontrol y desamparo creada por el Gobierno socialista resulta completamente insostenible.

La única salida honrosa que le queda a Sánchez es convocar elecciones. Y si se empeña en lo contrario, le tocará a la oposición forzar al presidente a poner las urnas. No puede prolongarse ni un minuto más la vergüenza de un Gobierno cuya deriva arriesga la unidad y la paz social de España.

El Mundo