UNA IZQUIERDA CIVILIZADA

Había que ser de izquierdas. Por el hollín del padre, por la honra de pobre de la hija. Era una postura moral ante una realidad dickensiana, esa gorra hundida en el pecho. Había que serlo, ante los caciques, los señoritos de fusta y mantequillera; ante esa dictadura de sargentos barberos, curas taurinos y merceros verdes. El tiempo fue dando facciones y pistoleros, y también aquel marxista de linotipia con su librito rojo que tenía todo lo prohibido y lo justo, como un relicario con olor a tabaco y grasa. Él quizá tampoco sabía mucho, apenas que estaba la URSS con coros de obreros y atletas y cosmonautas art déco. Y que allí no había señoritos, curas ni estanqueros que hicieran de fuerzas vivas durante largas chocolatadas.

Cómo no ser de izquierdas, sintiendo la espalda combada por todo el heno del sol y todas las sombras de los campanarios. Pero cuando se desveló la gran farsa, que el paraíso del proletariado era una cárcel con ropa, comida y horario de cárcel, aquella izquierda no se repensó, no se refundó. La socialdemocracia, “en alianza con fuerzas reaccionarias, destructivas y represivas” (Marcuse), seguía siendo una traición. El eurocomunismo era un posibilismo agazapado, comodón e igualmente vacío de filosofía.

En Latinoamérica se experimentaba con los populismos y unos socialismos caóticos, y el posmarxista Laclau hablaba del “antagonismo administrado”. Tramposamente administrado, añado yo: creo que todo el posmarxismo es una administración ventajista del caos, aunque Laclau declarara querer huir de ese “manicomio” (el que es ahora Venezuela). Pero no hay ningún sitio donde la ortodoxia o la adaptación de aquella izquierda hayan dado otra cosa que miseria, totalitarismo, chatarrerías de bicicletas y bananas con moscas.

Cuando uno sabe que Alberto Garzón es economista, no puede sino preguntarse de qué economía: ¿de la que ya fracasó, o de alguna otra que todavía no se ha intentado ni teniendo el poder absoluto en las hueveras de colores de los dictadores? Nos dicen que hay que elegir entre la libertad y la justicia, cuando son lo mismo. Y al final, nos dejan sin las dos.

La izquierda ya es sólo simbólica. Su obrero estilizado en cohete, su puño con estrella como su árbol de Navidad infantil, su revolucionario hecho sombra chinesca, su capitalismo de gordos pantuflos con chistera, su tienda de camisetas. Y sus funcionarios diletantes que juegan a salvar el mundo. Y ese cruel placer de los píos al ejercer la violencia contra la libertad y los disidentes. Gran parte de la derecha, más pragmática que beata, se civilizó. La izquierda se quedó en el portalito de Belén de su herrería.

Hay lugar a la izquierda del PSOE para un partido abiertamente republicano, laico, ecologista. Y demócrata sin rodeos ni asteriscos. Una izquierda civilizada. Pero no es IU, los viejos marxistas aburguesados en los ayuntamientos y sellando carpetas en los sindicatos. Ni Podemos, que aún despista con la ambigüedad de la transversalidad, que ha cambiado la barba del compañero del metal por el moño hipster, que quizá es una estrategia vacía para conseguir un poder que no sabemos cómo utilizará (sus alcaldes también son simbólicos y andan aventando banderas y cortando cabezas a las estatuas); pero que comparte iconografía, fuentes, modelos y tics con la vieja izquierda, y son como comunistas skaters. Tampoco será Actúa, un gazpacho en verano.

Si hubiera una izquierda civilizada, la socialdemocracia podría pactar con ella. No la tenemos aquí. Así que sólo podrá salir el caos, bien o mal administrado. Un horror para todos. Y una pena para la memoria de hollín de nuestro padre.

Luis Miguel Fuentes ( El Mundo )

viñeta de Linda Galmor