UNA LEY DE LIBERTAD NO: DE BORRACHAS SÍ

En medio del lodazal de porquería indómita del sexismo hembrista del 8 de marzo, ha visto su aparición el infame proyecto de ley cocinado en Galapagar y fogoneado en Moncloa llamado “Ley de libertad sexual”, cuya paternidad intelectual máxima recae en la “multidisciplinar” Irene Montero. La susodicha ejerce de esposa, enchufada ministerial y analfabeta funcional además de eso que hoy está tan de moda; animadora “socio-cultural” de la ebriedad femenina nocturna.

Irene dixit: “Sola y borracha llegaré a casa”; a Galapagar o al Consejo de Ministros. Porque sólo una capacidad intelectiva anulada por la drogodependencia alcohólica o por el tontismo de baba de quién no llegó a completar un cuadernillo “Rubio” podría escribir una tropelía legal amorfa como la presentada.

La anunciada “ley de libertad sexual” es un remedo de estupidismo multiforme, zaherido por grotescas faltas ortográficas y un sentido jurídico incoherente y cómico que modificará el Código Penal español. La fetidez del armatoste legal presentado por Irene Montero es un texto errático sobre el cual se han ciscado incluso los tecnócratas del gobierno socialista como el Ministro de Justicia, que no por ser malignos dejan de ser tecnócratas y que han visto que esta ley está tan “mal parida” gramatical y jurídicamente como Willy Toledo lo estuvo desde que salió del pedo de su madre.

El lenguaje “inclusivo” desautorizado por la Real Academia de la Lengua y por el Tribunal Constitucional contagia todo el espantoso texto legal, además de los ataques a la corrección gramatical y ortográfica. Pero lo realmente terrible, más allá de la estética, es el “matonismo” feminista inherente a la norma.

El poder judicial, en su función tuitiva de derechos y libertades, garante de la presunción de inocencia, así como de un proceso justo basado en la contradicción y en la obligación probatoria de la parte acusadora, se destruye definitivamente; será la voluntad de la mujer empoderada la que con su solo testimonio podrá señalar, enjuiciar y condenar al hombre como violador.

El sólo “sí es sí” como elemento nuclear del mal parido texto legislativo de Irene Montero, es el arma letal definitiva contra todo atisbo de legalidad garantista respecto al hombre, que ya per se había quedado laminada con la Ley Integral contra la Violencia de Género de 2004; esa infausta creación zapateril que aboca a la mujer desaprensiva a la denuncia falsa impune y al hombre al calabozo, al calvario y a la pérdida de su hijos. Con la ley Montero, todo será ya no sólo peor; será infernal.

Las penas contra abusadores, violadores y agresores sexuales se rebajan con la nueva ley anunciada. Con el actual Código Penal un violador puede irse perfectamente a las 12-15 años de cárcel, y más inclusive, aplicando los agravantes correspondientes.

Con el monstruo legislativo de Irene Montero, las penas contra los agresores, violadores o abusadores calificados como violadores/agresores (ya no habrá distinción entre figuras) serán entre 4 y 10 años. Se bajarán notablemente las penas, por tanto; es la tesis del feminismo de cartón piedra que consiste en bajar las penas y proseguir con el mantra de la “reinserción” del reo.

Un contrasentido en quiénes dicen velar por la custodia de la integridad de la mujer y de sus vidas, pero que no quieren oír hablar de la cadena perpetua que sí defendemos los que anhelamos que nuestras mujeres se vean seguras frente a violadores y maltratadores. Lo único que quieren – es notorio-, es enfrentar a los sexos y demonizar al hombre.

La gran mentira del texto legal en ciernes radica en presentar el ordenamiento penal español actual que diferencia entre violador, abusar y agresor estableciendo tipificaciones penales diferenciadas como injusto porque no contempla y no penaliza -según las feministas dicen- las relaciones basadas en el “no consentimiento” de la mujer.

Lo cual es falso, pues la condena a todo agresor por sentencia firme se basa en la prueba, más allá de toda duda razonable, de que no hubo consentimiento libre de la mujer en la relación sexual. Mentir y hacerlo desde la supina degradación moral es repugnante, y darle forma legal, es terrible y temible.

Además de las aberraciones léxicas, gramaticales, anticonstitucionales y antijurídicas, están las ideológicas: el lesbofinismo inspirador e informador de la norma es ese detritus odiador de la heterosexualidad, convertida en pieza de caza mayor del falso feminismo subvencionado.

Está programada la destrucción del piropo, elevado a acoso punible con cárcel y multa. Por tanto sobreviene la demolición de la galantería, la masculinidad, el ligoteo y en definitiva de las relaciones heterosexuales que dan lugar al noviazgo, al matrimonio y a la familia.

El hembrismo supremacista llamado ilegítimamente feminismo no es la lucha por una igualdad de derechos que YA existe entre y mujer desde hace décadas en España (que comenzó con la lucha igualitaria emprendida por la abogada Mercedes Formica en los años 50 del pasado siglo), ni por dignificar a una mujer española que vive en el quinto país más seguro y prospero en condiciones laborales, económicas y sociales para la mujer según todos los institutos internacionales y universitarios como el Instituto para la mujer de la Universidad de Georgtown.

El hembrismo totalitario es un combate por separar sexualmente al hombre de la mujer, por emascular al hombre, por introducir una barrera cerval de división legal y cultural entre hombres y mujeres, y es una voluntad draconiana por hacer volar por los aires la familia tradicional e imponer los estereotipos de la ingeniería social cocinados por el gabinete siniestro de Irene Montero, Beatriz Gimeno y el movimiento lesbofeminista español conectado con el “me too” estadounidense.

El fomento del lesbianismo, del homosexualismo, de la transexualidad y la subordinación del sexo a la voluntad individual de ser “hombre o mujer” en virtud de un acta notarial, son el misil para deconstruir la ciencia biológica y la arquitectura antropológica y para organizar el estado de caos social y desvertebración idóneo para la antinatalidad absoluta y la crisis demográfica acentuada; si el escenario de invierno/infierno demográfico español es peligroso, lo será más todavía.

Es el hundimiento de España en el fango del genocidio social sibilino, al que ya comenzamos a caminar hace 35 años con la implantación del abortismo como dogma social normalizado, primero con la ley de supuestos despenalizados de 1985 y luego con la infame ley de aborto libre de 2010 llamada eufemísticamente de “salud reproductiva y sexual”.

Un proceso de reducción poblacional camuflado por el eufemismo, la posverdad y la neolengua progre, con tal de enmascarar la dictadura totalitaria transformadora –y demoledora- del pueblo español.

Con la desvertebración de la institución familiar y el hundimiento demográfico a que nos conducirán de manera ya irremisible las leyes del socialcomunismo, ¿a qué se aclamarán las huestes globalistas de izquierdas y derechas, sumisas a Bruselas, para “salvar las pensiones” y “nuestro bienestar”?

Como siempre: a los inmigrantes. Ergo: a la mestización forzosa de los europeos con personas de razas y culturas ajenas a nuestra civilización. Este panorama dantesco conecta con las pretensiones del que fuese inaugurador e inspirador de la Unión Europea; un masón llamado Richard Coudenhove Kalergi.

Su plan de “Paneuropa” consistía en conformar una unidad supraestatal europea de no beligerancia entre los pueblos de Europa basada en la mestización de los blancos europeos con personas de razas negras y asiáticas para conformar un nuevo modelo de ciudadanos “multirracial” no propenso –como él decía- a la tradicional belicosidad de los pueblos blancos y homogéneos de Europa.

El plan fue presentado por la masonería austriaca en 1923. En 1950, en los fastos en los cuales el masón Kalergi recibió el primer premio “Carlomagno”, pronunció la palabra “multiculturalidad” hasta en once ocasiones.

El lesbofeminismo español, las subvenciones de centenares de millones de euros anuales al entramado hembrista, y las leyes de descomposición social labradas a partir de jurisprudencias ideologizadas por la turba feminista como fueron la sentencia de la “manada de San Fermín” o la del “Arandina”, en las cuales el mero testimonio –falso- de la demandante condenó a la parte acusada, forman parte de la escalada internacional de ataque a Europa, a la cultura cristiana y a la raza blanca, que ya comenzó hace 90 años con los impulsos, entre otros, del masón Kalergi.

El movimiento de intelectuales y filósofos neomarxistas de la ciénaga abortista y pedófila como Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre así como del “mayo del 68” norteamericano cocinado en las enseñanzas de Herbert Marcuse -padre de la “nueva izquierda”-, sirvieron para dotar de contenido a la “revolución sexual” que en los años 70 agitó EEUU y Europa, y que fue la punta de lanza antisistema que con jóvenes borrachos y drogadictos quería resucitar el odio social y el enfrentamiento de clases del comunismo. ¿Les suena de algo? Es evidente. El “sola y borracha quiero llegar a casa” entronca con ese pasado tan presente en España de nuevo.

Sin ser conocedoras de los oscuros planes de unos poderes fácticos y políticos sombríos, las autoproclamadas feministas salen el 8 de marzo para atacar a la familia y al hombre y para, sin saberlo la mayoría de ellas, ser las perras de presa de quiénes desde su asiento elitista anhelan la descomposición irreversible de esta Europa ya irreconocible de la cual la familia como institución y la cultura como tradición fueron siempre sostén y galardón de nuestro avance en la humanidad.

España se asfixia. Pero no es sólo un momento y una coyuntura. Es una civilización entera, la cristiana, que se salvó de guerras e invasiones para progresar a la humanidad, la que agoniza y muere. Cada 8 de marzo aparece en las calles un potaje humano escatológico que nos hace irreconocibles con nuestro pasado y nuestros ancestros.

José Miguel Pérez ( El Correo de Madrid )

viñeta de Linda Galmor