Esta noche será una noche buena para los hombres y mujeres de buena voluntad, y   tal vez una noche de borrachera triste para los que se empeñan en celebrar el solsticio de invierno  como si fuese un acontecimiento esencial en sus vidas,  porque hasta para organizar un evento feliz es necesario sentirse arropado por gente a la que quieres en torno a una tradición, y no tengo noticia de que un suceso meteorológico sea capaz de unir voluntades o excitar las mentes y los cuerpos de millones de personas en todo el mundo.

Este año, debido a la sinrazón que estamos viviendo, mucha gente pasará sola la Navidad y es posible que tengan el recuerdo de otras mejores en su memoria y la esperanza de regresar a ellas el año que viene.

Nunca entendí la manía  de cabrearse con  la felicidad de los demás o  la pretensión de  devaluar un evento que en unos casos  tiene una connotación religiosa y en otros  está presidido por el amor a la familia ,  los amigos y por el recuero de una tradición.

Todos conocemos a ateos y a agnósticos con pedigree de varias generaciones, que estos días son los más entusiastas organizadores de  comidas, cenas y  festejos, donantes de besos y abrazos, compradores de regalos y degustadores de buen vino y mejores viandas.  Disfrutan con la compañía de familiares y amigos y reparten palabras de buenos deseos incluso a gente desconocida con la que se cruzan por la calle, sin tener que enseñar una documentación que acredite si creen o no en el significado que la tradición da a este día.

Por razones de mi lugar de nacimiento tengo amigos árabes y judíos y cuando son ellos los que celebran una festividad similar intento felicitarles,  gracias a que Pedro Sánchez es el  primero en hacerlo y así me entero del día en el que debo cumplir con ese deber de cortesía,  porque cada cultura tiene su tradición y cada costumbre arrastra demasiados sentimientos como para que le  pongamos  peros o le  restemos valor a lo que sienten esos hombres y mujeres.

Si existe alguna tradición que une y reconcilia a la gente de buena voluntad son estos días,  y aunque no se me escapa que ni siquiera en estas fechas descansan los destiladores de la mala leche, yo al menos me abstraeré de participar en esa competición.Los únicos que tienen argumentos y razones para su tristeza son los que están en paro, enfermos o han perdido a un familiar este año.

A todos ellos mi solidaridad y un abrazo.

Diego Armario