No cabe sino preguntarse en qué manos estamos, si quienes nos gobiernan tienen alguna visión de Estado. A la lógica conmoción que iba a producir una noticia como la salida de Zarzuela del Rey Juan Carlos, se ha unido un estupor que no cesa por los errores con los que se ha desarrollado una operación de tal calado, que habría exigido al menos el concurso de las principales fuerzas políticas de nuestro país.

Del mismo modo en que, por ejemplo, la abdicación se desarrolló con éxito gracias al acuerdo entre PP y PSOE y la altura demostrada por Rajoy y Rubalcaba, no es de recibo que ahora Sánchez no haya informado ni siquiera a Pablo Casado. Con razón, los populares denuncian la «deslealtad» de Moncloa. Es indudable la extraordinaria trascendencia del hecho.

No solo porque Juan Carlos I ha sido Jefe del Estado durante 38 años y sigue personificando una de las mejores páginas de nuestra historia, como es la Transición. También porque todas las medidas que se están adoptando para marcar distancias entre el reinado de Felipe VI y los tristes episodios a los que ahora se enfrenta su padre, afectan, qué duda cabe, a la Corona y muchos populistas lo aprovechan para intentar socavarla.

De ahí que asombre el amateurismo y la incapacidad con que se ha llevado a cabo el delicado asunto. Fue una falacia de Pedro Sánchez lavarse las manos antes de irse de veraneo al Palacio de La Mareta, un regalo del rey jordano a Don Juan Carlos -el sarcasmo del presidente no tiene límites- y descargar toda la responsabilidad en la Casa del Rey.

Como publicamos ayer, el Gobierno ha estado negociando durante semanas con Zarzuela qué medidas adoptar. Y Sánchez delegó nada menos que en su lugarteniente, Carmen Calvo, y en su hombre fuerte, Iván Redondo. Pues bien, a tenor de cómo ha reaccionado la opinión pública y viendo el impacto tan negativo que la marcha de Don Juan Carlos ha tenido para la imagen de España en los medios extranjeros, cabe concluir que han hecho una chapuza.

No queda al margen de su responsabilidad, desde luego, la propia Casa del Rey, que debía haber concluido que esta solución era la que más riesgos y daños comportaba. Y tampoco ha estado a la altura la política de comunicación de la institución de lo que la sociedad del siglo XXI demanda.

Pero en toda Monarquía parlamentaria corresponde al Gobierno de turno marcarle su agenda, refrendar sus actos y protegerla con la lealtad a la que obligan las leyes.

no es creíble que los asesores de Moncloa no previeran que la salida de España del Emérito iba a ser muy mal percibida y que no informar con transparencia de su destino solo sirve para alimentar rumores y que se froten las manos los enemigos de la institución.

Felipe VI dio pasos contundentes para desmarcarse de su padre en marzo, incluida la retirada de su asignación. Después, el Ejecutivo no ha dejado de presionarle en público, en un ejercicio de gran irresponsabilidad, para que fuera más lejos, imponiendo la salida de Zarzuela del ex Monarca.

Y hasta ha beneficiado a sus socios de Podemos al no obligarles a corresponsabilizarse como corresponde en todo Gobierno, porque así los de Iglesias se han lanzado a degüello haciendo pasar la operación por una «indigna huida».

El Mundo

viñeta de Linda Galmor