UNA PARALIZACIÓN TOTAL, POR UNA PÉSIMA GESTIÓN

Y al final, como se veía venir, Pedro Sánchez anunció ayer el cerrojazo total a la actividad «no esencial» en España, una medida tan drástica que ya deja al Gobierno sin ninguna bala en la recámara. Nuestro país sufrirá en los próximos 15 días las medidas de confinamiento más duras aprobadas por cualquier país, lo que confirma que por desgracia la crisis del coronavirus se encuentra muy lejos de estar bajo control.

Las estremecedoras cifras de contagiados y de víctimas -5.690 fallecidos hasta ayer- nos sitúan en un escenario dramático. Y, sobrepasado, Sánchez reclama ahora a los españoles un impresionante sobreesfuerzo, que va a suponer la práctica paralización del país, con un impacto demoledor para la economía, en gran medida como consecuencia de la errática gestión que el Ejecutivo ha hecho de la pandemia desde hace semanas, incluidos los 15 días que llevamos en estado de alarma, sin haber tomado en cada momento las decisiones adecuadas.

Llegar a este punto nos condena a una casi segura crisis económica superpuesta a la sanitaria, como alertaba en nuestras páginas Antonio Garamendi, presidente de la CEOE, y ni siquiera está claro que dos semanas de cerrojazo vayan a ser suficientes para revertir una situación tan desesperada.

Moncloa tira por elevación, e igual que el viernes decretó la prohibición de despidos, lo que probablemente redundará a la postre en mayor destrucción empresarial y de empleos, ahora promete un «permiso retribuido recuperable» sin el concierto de los agentes sociales y de difusa aplicación. Ni se puede despedir ni se permite la actividad; esto es, mantener gastos sin ingresos, lo que conduce inexorablemente a un callejón sin salida.

Es ya de sobra sabido que la inacción hasta el 8-M ha agravado las cosas de modo terrible. Pero es que en las dos semanas en las que el Gobierno lleva con poderes excepcionales tampoco se está actuando con eficacia. El Ejecutivo más proclive a vaciar de competencias al Estado, al decretar el estado de alarma optó por una férrea centralización en la adquisición y distribución de material de protección, por hablar de uno de los aspectos más sensibles de la gestión de la crisis.

Y ello se ha saldado con un gravísimo fracaso. Claro que hacía falta un mando único para afrontar la pandemia, pero debía acompañarse de flexibilidad en los protocolos y de la máxima coordinación con las comunidades autónomas, porque desde que en 2001 se culminó la descentralización de la gestión sanitaria, el Ministerio del ramo no tiene ni al personal especializado ni la experiencia para determinadas responsabilidades.

El caos en el Ministerio de Sanidad se está saldando con el desabastecimiento en los hospitales y con fiascos lamentables como el de los más de 50.000 test rápidos inservibles que el Gobierno ha tenido que devolver a una empresa china sin licencia oficial en la que sin embargo se sigue confiando en lo que parece fruto de una desesperación absoluta. «Hay muchos intermediarios que se presentan, nos ofrecen gangas y después evidentemente resulta que no son gangas», soltó la ministra de Exteriores, revelando hasta qué punto se mueve el Gobierno como pollo sin cabeza.

Se ha perdido un tiempo muy valioso. Y Sánchez no puede pedir fe ciega en él cuando se sigue sin asumir responsabilidad alguna por tantos errores e ignoramos cuál es la estrategia de los supuestos expertos que le atesoran. Los ciudadanos necesitamos alguna luz.

Y este cerrojazo añade mucha más incertidumbre. El Gobierno debe afinar muy bien en qué se traduce ese cese casi total de actividad. Y no basta remitirse de forma vaga a que estarán asegurados «los servicios esenciales». La prensa, sin ir más lejos, lo es, como ayer admitió en su comparecencia el presidente.

Pero para que esta llegue al ciudadano hace falta garantizar la labor en las rotativas, el transporte o la apertura de quioscos, por ejemplo. Confiamos en la máxima responsabilidad del Consejo de Ministros, nos jugamos todos mucho en ello.

El Mundo