» UNVOXING »

Existe una cierta confusión en torno a lo que significa blanquear a Vox. El mejor ejemplo es el harakiri de Teresa Rodríguez, que renunció a la Mesa del Parlamento andaluz en un gesto que nació de la repugnancia y que terminó siendo de un enorme altruismo. La decadencia de los partidos ya es inevitable cuando lo sacrifican todo a la estética y eso es lo que ocurre en Podemos más o menos desde octubre de 2014.

No antes, desde luego. Al renunciar al lugar que le correspondía en la Mesa, Rodríguez puso el interés de sus votantes al servicio de una filigrana. Estéril, porque da más margen a la coalición PP-Cs, no le cierra el paso a Vox y es de poco lucimiento. Esta nostalgia por épicas de otro tiempo sólo conmueve al militante. Y hasta cierto punto, que es imposible aguantar toda una legislatura disfrazado de partisano.

Los remilgos estéticos no son malos en sí, siempre que no le nublen a uno el entendimiento, que diría la folclórica. En ese sentido es muy apreciable la pedagogía ciudadana que está haciendo Manuel Valls desde Barcelona, cuya primera lección práctica es haber conseguido que se refieran a él como «el francés de Ciudadanos».

Como si hubiera entrado en España gracias al Tratado de Fontainebleau. No hace falta ser muy remilgado para sentir alipori ante la fanfarria nacionalista que acompaña a Vox, sin necesidad de atender a su reconocible retórica o a los ecos orbanianos de su programa. Actitudes como que sus diputados se hayan sumado a la moda hortera del juramento creativo, esa marcialidad postiza o ese perpetuo sentimiento de agravio.

Se nos había dicho que los cruzados no lloran y los nuestros están forjando una nueva identidad que se conduce de una manera tan parecida a las identidades a las que han venido a combatir que uno sospecha que lo de Vox -como lo de Trump- no es guerra sino competencia cultural. No una revolución, como se anuncia, sino una ampliación de la oferta.

Vox está en el momento dulce de la emergencia, cuando se disfruta de la ventaja de la irresponsabilidad. El pacto entre PP y Ciudadanos pone fin a ese estadio de preestreno: ¡precipita el unVoxing! Si Vox impone exigencias a su voto ha de explicar primero cuáles son y después si son más importantes que facilitar el, por lo que dicen, tan ansiado cambio en Andalucía.

Hacer política consiste en priorizar, exponer, negociar y transigir. No hay otro proceso que este tan erosivo en el que los partidos sufren el desgaste provocado por el rozamiento y del que suelen sobrevivir los pragmáticos. Y esto nos lleva al principio, a Podemos, un valioso ejemplo reciente.

Rafa Latorre ( El Mundo )