El otro día, un diputado de Vox, tirando del ‘Gorgias’ de Platón, llamó «déspota» a Sánchez, el presidente que prometió acabar con la corrupción ‘preveyéndola’, y la actriz que hace de presidente del Legislativo (que en los Estados de Partidos es propiedad del Ejecutivo, amo de la soberanía) lo borró del ‘Diario de Sesiones’.

¿Sánchez, déspota? Sánchez es soberano, cuya soberanía nada tiene que ver con la Nación. Rajoy, su predecesor, para defender la soberanía española, envió al puerto de Barcelona la nao ‘Piolín’, señal de que nada iba en serio, igual que ahora Sánchez envía al Mar Negro la nao ‘Meteoro’ en defensa de una soberanía ucraniana que al parecer también sería española, aunque todos sabemos que en España no hay más soberanía que la de Sánchez, que mueve barcos que ningún español ha pedido para hacer méritos ante Sleepy Joe y ser mejor tratado en la cumbre de la Otan en Madrid para celebrar los cuarenta años de la adhesión, ratificada por el pucherazo felipista del 86 que sirvió para encumbrar a Sabina, que lo apoyó, y ‘ostraconear’ a Krahe, que tuvo la juguetona idea de cantar ‘Cuervo ingenuo’ en TV.

Sánchez (y quien ocupe ese puesto en un Estado de Partidos) es un soberano déspota y usurpador, en el moderno lenguaje con que Benjamin Constant juzga a Bonaparte (viene en la Wikipedia, Bolaños).

Constant entiende por despotismo «un gobierno donde la voluntad del amo es la única ley, donde las corporaciones, si es que existen, no son más que instrumentos suyos».

-Para establecer la tiranía, dice Maquiavelo, hay que cambiarlo todo; también podría decirse que para cambiar todo es necesaria la tiranía.

Déspota, y además, usurpador, «aquél que, estando investido de un poder limitado, traspasa los límites que le han sido prescritos».

Pero, de todas las calamidades políticas, la más temible para Constant es una asamblea que se limite a ser el instrumento de un solo hombre. El Senado de Tiberio, el Parlamento de Enrique VIII… y el Congreso de Sánchez.

Ignacio Ruiz-Quintano ( ABC )