La mitad de la humanidad  que pocas veces recuerda haber sido feliz, carece de esperanza y que no tiene razones para confiar en nadie , no se ha enterado que los laboratorios Pfizer han incrementado su valor en bolsa tras anunciar que tiene prácticamente niquelada la vacuna contra el coronavirus,  y  no les faltarán razones  para ser prudentes y desconfiados – me refiero a los verdaderos  parias de la tierra, que no son los de la hoz y el martillo “etiqueta negra”  – porque casi nadie está pensando en ellos para vacunarlos.

Los hombres, mujeres y niños de esos países olvidados  tienen otras urgencias más inmediatas que el coronavirus ,  porque la propia naturaleza, el hambre, la falta de libertades, la corrupción y las guerras les ofrecen a diario una panoplia de posibilidades para acabar con ellos, con lo que el coronavirus solo  es  una incomodidad  añadida en sus vidas miserables.

Pero no quiero recrearme en este escenario que generalmente sirve para lavar conciencias una vez al mes a quienes no estamos en medio de esa tragedia,  porque en este asunto  no existe ni un solo inocente  que pueda tirar la primera piedra o que se salve del incendio  de azufre en Gomorra.

No existe ni una sola razón para que los líderes de medio pelo que hoy gobiernan el mundo puedan presumir ni siquiera de ser decentes en esta materia  y sin embargo todos se están preparando para recoger los aplausos de agradecimiento inmerecido que les tributarán los más tontos de cada lugar. Si al final una vacuna nos protege no habrá que permitir que ni un solo gobernante obtenga un rédito de lo que será un éxito científico en el que habrán  colaborado expertos de la sanidad y la investigación.

Ni es verdad que vamos a salir más fuertes como afirmó Sánchez con desfachatez, ni tampoco es cierto que los ciudadanos tengamos que agradecerle nada a los políticos de nuestro país,  porque los que hayan actuado bien solo habrán cumplido con su obligación, y a los que se envolvieron en la propaganda y la mentira  les basta con que les sigan votando la masa acrítica que aunque haya perdido a algún familiar en esta pandemia  apuntará su ausencia en la columna de “error de inventario”

Las mujeres y los hombres de la sanidad que se han quedado por el camino y los miles de fallecidos mal contados y abandonados a los que se les sigue faltando al respeto por ignorarlos,  merecen que algún superviviente esté atento para proteger su memoria e impedir que el peor gobierno para el peor momento de nuestra historia reciente se cuelgue medallas.

El mundo cuando supere el riesgo de esta maldición debería escuchar las peticiones de perdón – no de disculpas –  de los políticos honrados que queden porque de los otros no se puede esperar nada que huela a dignidad.

Diego Armario