VAMOS A VER…

Ayer compareció como testigo en el juicio del Procés  un payaso  convocado por las defensas, que  están acreditando su nivel profesional  a ras de toga,  y solo bastó con que el juez Marchena le preguntase qué llevaba en la mano  para que el susodicho no supiese dónde esconder o meterse la nariz roja que ocultaba.

Los testigos que se sientan en el lugar que les está reservado en este juicio deben experimentar una sensación muy especial cuando un hombre con toga y puñetas, voz amable y leve acento canario les dice “Vamos a ver”,  porque saben que a partir de ese instante se les ha agotado el cuento,  y el minuto de gloria vana que pretenden vivir,  se convierte en un instante de acojone.

En ese momento algunos necesitan pañales porque se les va por el sumidero de su inestable  fanfarronería la fraseología que traerían preparada de casa y regresan entre balbuceos y gestos de nerviosismo a la realidad más cruda e indiscutible que existe en una sociedad democrática: un tribunal de justicia.

Esa es la única realidad existente que no quieren comprender pero que es implacable porque el poder judicial no es susceptible de ser chuleado por los ciudadanos que se sientan en cualquiera de los bancos o banquillos de la sala.

Es cierto que los fanatizados independentistas viven una realidad virtual que les convierte en gentes que profesan su ideología como una religión – en versión secta irredenta – y mienten compulsivamente como si no hubiera mañana, sin distinción de sexo, edad o profesión, incluidos los curas y obispos  que adoran la estelada más que la propia cruz que les cuelga del pecho.

Me reconforta constatar que muchos catalanes – la mayoría, según los resultados electorales en Cataluña – son gente normal, plural, de izquierdas y de derechas, que no se han visto contaminados por la epidemia de mentiras y del odio que exhiben a todas horas como seña de identidad los independentistas.

El problema más grave en Cataluña reside en los comportamientos fascistas que han asumido las propias instituciones de gobierno y muchos ciudadanos que aceptan con absoluta naturalidad la exclusión del disidente, su acoso y persecución violenta, porque la enfermedad del odio en una sociedad tarda mucho en curarse y siempre deja huella.

Lo razonable sería que no olvidásemos que, aunque a  los políticos que gobiernan con déficit de dignidad tanto España como Cataluña les importe una higa la ley y el orden constitucional, siempre existirá la institución de la justicia independiente, que no está contaminada por el oportunismo y que cuando alguien mea fuera del tiesto siempre hay un juez que dice “ Vamos a ver”

Diego Armario