VANIDADES

Al fin, la vanidad nos salva. La vanidad de los otros, que es arma de su infalible suicidio. Aun para alguien tan alejado de la política como yo lo soy, resulta obvio el alto riesgo de que los peronistas de Pablo Iglesias llegaran a tener potestades ministeriales.

El peronismo arruinó ya, irreversiblemente, a la más rica de las naciones latinoamericanas. Que un país con tales recursos lleve más de medio siglo rebotando de quiebra en quiebra, sólo puede explicarlo la fatalidad de haber ido siendo rebotado siempre de gang peronista en gang peronista, de delincuencia lumpen en pija delincuencia: el hampa en el poder es la herencia latinoamericana de los fascismos que importó Perón a su retorno de la Roma de Mussolini. Los efectos que semejante modelo produciría en economías y sociedades europeas modernas hiela la sangre.

Y, sin embargo, estos peronistas de Iglesias lo han tenido todo a su favor para ser gobierno. La petulancia de un Doctor Sánchez dispuesto a llevarse por delante lo que fuera -nación, economía, garantía jurídica…- a cambio de preservar sus farfollas presidenciales le hizo ofrecer a los populistas lo impensable: ministerios.

Y provocó también un espejismo: ante la apariencia de debilidad que tal cesión sugería, el vanidoso Iglesias endureció el envite. Lo que vino entonces no tiene precedente en ninguna sociedad civilizada: en suma, el hallazgo de Iglesias se cifraba en la idea de hacer convivir dos gobiernos. Uno, en manos de Sánchez, gestionaría la administración básica.

Otro, controlado por Iglesias o por su señora, se ocuparía de las cuestiones económicas, mediáticas y de seguridad. Ni el más imbécil podía ignorar de qué lado quedaba, en tal reparto, la instancia material de poder. Ni siquiera Pedro Sánchez podía no darse cuenta. Alzó acta de la tosca añagaza y mandó a los jóvenes aprendices de Perón y Evita a freír monas. Tampoco es que le dejaran alternativa.

¿Entiende ahora Pablo Iglesias que su vanidad de antes del verano le ha bloqueado el acceso a un poder real que le fue ofrecido gratis y que tuvo al alcance mismo de la mano sin apenas esfuerzo? Así parece, a poco que se considere ahora los términos en los cuales sus enviados trataron de negociar: retorno al cero.

Pero en política no hay jamás retornos al punto de partida. Sencillamente, porque el curso del tiempo hace que la repetición no exista más que como invocación retórica. Lo mismo que se repite es ya otro. Y eso otro está cargado de lecciones: nadie en su sano juicio llegará a un acuerdo político serio con quien no dudó en destruir la gran ocasión de sus fieles seguidores en beneficio de su bienestar de pareja.

El pobre subordinado en quien los jefes delegaron la tarea de negociar el pacto esta semana decía hallar inexplicable que el PSOE no quisiera retornar a las mismas ofertas de antes del verano, ahora precisamente que ellos estaban tan dispuestos a aceptarlas. Pero es que, ¿son las mismas? No.

Son las que Iglesias y Montero rechazaron entonces como lesivas de su vanidad. Y ni siquiera el más palurdo ignora que un envite así hace imposible que nadie se fíe de uno. Es una suerte que estos malos tipos sean además tan mastodónticamente vanidosos.

Y, con ello, tan gozosamente suicidas. Al pobre negociador subordinado, al cual los jefes mandaron a estrellarse, no le vendría mal pararse un rato a leer a Maquiavelo. Se enteraría de que política es sólo arte de «conocer tiempos y circunstancias y ajustarse a ellos». Y que lo pasado no vuelve.

Gabriel Albiac ( ABC )

viñeta de Linda Galmor