VASALLAJE

El presidente del Gobierno ha ido a Barcelona a hacerle la pelota a un don nadie. A un tipo estrambótico, a un orate que se cree el jefe de un Estado imaginario y vive envuelto en una ficción delirante. A un xenófobo que dice que los españoles salivan rencor por sus fauces. A un impostor que ocupa un cargo en condiciones irregulares porque la Justicia le ha quitado las credenciales.

Al vicario de un prófugo, al testaferro nominal de una banda de delincuentes convictos que le dan órdenes desde la cárcel. A un déspota que ha borrado del mapa político a la mitad de los ciudadanos catalanes. Esa es la clase de dirigente con la que a Sánchez le produce

 «un profundo sentimiento de honor» encontrarse en medio de una escenografía de ceremoniosas solemnidades. Así se lo había exigido Rufián, el mensajero del chantaje. El problema de pelotear a alguien es que al adulado, como en la célebre escena de «Pretty Woman», nunca le parece bastante. Y el napoleoncito de San Jaime ni se inmutó ante la ridícula, humillante, sobreactuada inclinación de vasallaje del más conspicuo de los edecanes presidenciales.

Disfrutaba de su momento, de sus minutos de gloria y gesto grave, del hueco protocolo de guardarropía, del escuadrón de Mossos en espardenyes, del protagonismo impagable, aunque efímero, que nunca soñó cuando era un insignificante activista despreciado por sus propios cofrades.

En realidad, si se siente orgulloso no le faltan motivos: ese circo a su medida es de las pocas promesas que Sánchez ha cumplido. No por respeto a Torra, desde luego, sino porque formaba parte del pliego de condiciones exigido por los verdaderos mandarines del separatismo, que aparentan mantener un bloque unido mientras negocian el derrocamiento del fantoche a través de un tripartito.

El presidente es consciente del precio del acuerdo, y lo paga sin remordimientos arrastrando al Estado a un escarnio televisado en directo, a una vejatoria legitimación de privilegios que incluyen, además de una lista de franquicias y fueros, el indulto subrepticio a los insurrectos presos y el explícito reconocimiento -«la ley sola no basta»- de su inmunidad ante el Derecho. Y todo eso también lo tendrá que cumplir sin más remedio porque está advertido de que su mandato acabará en el mismo momento en que deje de hacerlo.

La primera cláusula consistía en aceptar y bendecir un marco visual republicano, dejarse recibir en Cataluña como un invitado, poner buena cara, tender la mano, repetir mucho el mantra del «diálogo» y someterse al teatro que Torra le tuviese preparado. Misión cumplida.

A costa del deterioro de unas instituciones cada vez más enfangadas y más prostituidas en medio de la letal indiferencia, o resignación, de la ciudadanía. La próxima estación del viacrucis será probablemente más comprometedora y menos propagandística. Y el sanchismo tendrá que transitarla de rodillas.

Ignacio Camachob( ABC )