VEINTE AÑOS NO ES NADA

Como en el tango que canta Gardel. A Foxá no le emocionaban los tangos, y lo dejó escrito en su soneto demoledor a Celia Gámez: «Tú, que cantas esos tangos con ojeras/ repletos de memeces argentinas». Veinte años no es nada. Para mí, una barbaridad de tiempo. Mucho me temo que en veinte años, por una causa o por otra, me habré visto obligado a abandonar este planeta conflictivo. Por una parte me entristece, pero toda congoja conlleva la compensación. Al menos, lo que me quede de vida, no lo compartiré en España, en mi Patria, con Puigdemont.

El Tribunal Supremo, el gran defensor del Estado de Derecho que tenemos en España –el Gobierno de Rajoy se perfiló y el de Sánchez ha traicionado a España–, ha rechazado la entrega del forajido cagueta por rebelión, como ha propuesto un tribunal alemán de los arrabales de Mérkel. De tal modo, Puigdemont no será juzgado por rebelión, pero tendrá que vivir en Alemania durante los próximos veinte años. Veinte años no es nada. «Lo mejor de viajar es volver a casa», apuntó Chesterton. ¿Se figuran ustedes veinte años viajando? Se pudren las raíces. En veinte años, el maleante no va a saber si proviene de Gerona o de Waterloo o de vaya usted a saber dónde.

Al no aceptar el chantaje del tribunal alemán, el Supremo con el magistrado Llarena a la cabeza, ha condenado a Puigdemont a lo peor. A no ser libre ni preso, a protagonizar el papel del olvido creciente hasta desaparecer del mapa. Mientras pueda seguir chuleando a Matamala y al contribuyente, se hará oír de cuando en cuando. Pero llegará el día del carpetazo. «Puigdemont, estamos los alemanes de usted hasta el níspero. Vuelva a Bélgica». Y por ahí se moverá. Entre el sol y la alegría mediterránea de Bruselas y los azules celestes y cobaltos de las calas de Holstein.

Toda farsa tiene un final. No se puede mantener el interés del público durante decenios. El patio de butacas se vacía paulatinamente. Y cuando cae el telón, nadie queda para aplaudir o silbar el insoportable montaje. Prefiero a Puigdemont en libertad durante veinte años en la soleada, alegre y tibia Europa del norte, que tres años en cualquiera de las prisiones de España. Recuerden las palabras de José María Ruiz Mateos cuando fue extraditado por Alemania para cumplir la condena en una prisión española. «La más dura de las cárceles de España es el Ritz comparada con la más benevolente de las prisiones alemanas».

Un personaje histórico y tocayo del cobarde, Carlos I de España y V de Alemania, no tenía en gran aprecio el idioma de los germanos. Cuidado, eso es un idioma, como el español, no una cosita. «A Dios le hablo en español, a las mujeres en italiano, a los hombres en francés y a mi caballo, en alemán». A comprar el caballo, Puigdemont. Baltasar Gracián tuvo la incorrección de copiar al Emperador. «El español es la lengua de los enamorados, el italiano la de los cantantes, el francés, de los diplomáticos, y el alemán, la de los caballos».

Si un alemán hace lo posible en la vida para no ser feliz, ¿qué hará un paleto de Gerona para ser feliz en Alemania durante los veinte mejores años de su vida? ¿Asistir a conferencias? La vida es demasiado corta para invertirla en Alemania. Lo escribió Hermann Keyserling: «Para el alemán, las representaciones y las ideas significan más que cualquier realidad. Si hubiese dos puertas y se leyese en una ”Entrada al Cielo”, y en la otra ”Entrada a un curso de conferencias y coloquios sobre el Cielo”, todos los alemanes entrarían por la segunda».

Alemania, nación ejemplar y muy digna de ser visitada una semana cada tres años como mucho. Veinte años condenado a vivir en Alemania es sentencia durísima. Hasta Matamala puede tirar la toalla. Puigdemont, delincuente. Solicite al tribunal ése cuyos miembros no han sido investigados todavía por la Hacienda alemana que le entregue a España por un delito de rebelión. Más años de cárcel en España y menos de libertad en Alemania. Y hará un buen trueque.

Alfonso Ussía ( La Razón )