Los principales tópicos de la modernidad literaria europea —El Cid, La Celestina, El Lazarillo, Don Quijote, Don Juan— nacieron en España, salvo uno: el del pacto fáustico con el diablo. Como es sabido, el doctor Fausto vende su alma a una forma demoniaca llamada Mefistófeles a cambio de un conocimiento ilimitado y del amor de una mujer. Pura vanitas.

Cuando estos días escucho de la hedionda boca de algún socialista la consabida pregunta, arrojada con retintín de niño repipi, que suelen lanzar cuando se les recrimina su complicidad con los separatistas de “¿y tú qué alternativa propones?”, resuenan en mi mente unas palabras que Goethe hace decir a quien el mal encarna en su versión del mito: “Está bien poetizar sobre las nubes, pero las manzanas hay que morderlas”.

La mera invocación de la unidad de España hace pensar a los socialistas en algún extraño arcano antediluviano, como si se hablara del empleo de algún ungüento obsoleto para curar una enfermedad en nuestros días. Y lo mismo ocurre cuando se habla de arrepentimiento, de exteriorizar culpabilidad, de no volver a cometer la perfidia de su crimen o de pedir perdón por parte de los delincuentes.

Esta actitud condescendiente ante un problema acuciante solo evidencia la soterrada complicidad de unos socialistas que no ven alternativa viable al “problema de España” que no pase por la “balcanización de España” a través de su voladura, un fin por el que el PSOE lleva bregando sin interrupción desde el día de su alumbramiento. Sin Cataluña no hay España, y los socialistas lo saben.

La solución del PSOE pasa, en definitiva, por vender el alma de España, su unidad histórica —incoada en tiempos de los romanos y vertebrada políticamente en Covadonga, para terminar de formarse bajo el reinado de Isabel de Castilla y de Fernando de Aragón—, al diablo, es decir, a los separatistas continuadores de una raigambre racista y deleznable que se remonta hasta Sabino Arana y a Prat de la Riba, dependiendo de cada caso.

Así, Jordi Pujol, quien jamás entrará en la cárcel a pesar de haberse enriquecido vilmente, nunca ha dejado de ser totalitario porque esa es la simiente de su ideología: “El hombre andaluz es un hombre destruido y desgarrado que constituye la muestra del menor valor social y espiritual de España. Si por fuerza de número llegase a dominar, destruiría Cataluña e introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad”. Parece de Hitler —cambien andaluz por judío y lo verán— pero no, eso lo dijo Pujol.

Como ha estudiado al detalle Mario Conde y ha recogido Julio Merino para El Correo de España, el Rey no puede firmar los indultos sin conculcar la Constitución que garantiza la continuidad de la propia Monarquía. Y aunque está dicho que la figura del monarca no debe de intervenir en asuntos políticos concretos, tampoco los diputados deben de transgredir la Constitución sobre la que han jurado el cargo, y sin embargo muchos de ellos lo hacen por costumbre.

Pero si el Gobierno pretende cuestionar la unidad de España —”un concepto discutido y discutible” según el zafio Zapatero— y el Rey pretende convertirse en cómplice del separatismo al firmar unos indultos indecentes, habrá que incluirlos a ambos, si no lo están ya, en la lista de enemigos internos de España. Porque como nos ha recordado Javier Torrox estos días, “la Nación política española es más importante que cualquier forma política pasada, presente o futura”.

Los distintos reyes han estampado su firma bajo auténticas aberraciones con el mismo rictus indiferente con el que Poncio Pilatos se lavó las manos, siglos atrás, ante el sanedrín. Esta vez puede que no sólo el necio gallito del doctor Sánchez, sino que también el propio rey Felipe al que todos tenemos por alguien capaz para el cargo que desempeña, estén poniendo su cabeza en la picota al vender el alma de España al diablo.

Ganen los partidarios del oprobioso indulto o ganemos quienes estamos en contra, en ambos casos se producirá una misma consecuencia: la de una España fraccionada; y ya sabemos a los planes de quién favorece materializar dicha perspectiva.

Guillermo Mas ( El Correo de España )