El expresidente del Gobierno Rodríguez Zapatero lidera un lobby de presión política sobre Estados Unidos para que la nueva Administración Biden levante las sanciones impuestas por Trump contra Venezuela.

Se trata del denominado «Grupo de Puebla», que ha empezado a ejercer presión pese a que de momento la Casa Blanca y el departamento de Estado norteamericano guardan silencio sobre cuál será su nueva política de sanciones contra el chavismo y el castrismo.

Zapatero, acompañado entre otros de los dirigentes argentinos Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, de Lula da Silva y Dilma Roussef, Evo Morales o incluso la ministra española de Podemos Irene Montero, pretende revertir la doctrina Trump bajo el pretexto de que las sanciones impuestas por EE.UU. son las responsables de la crisis humanitaria venezolana.

Es cierto que Venezuela cuenta hoy con más de cinco millones de exiliados en plena pandemia, que las necesidades sanitarias en ese país son apremiantes, y que hay cientos de miles de personas pasando hambre. Y también lo es que la presión generada por Trump provocó un amplio debate internacional acerca de la necesidad de suavizar ese régimen de castigo y restricciones.

Sin embargo, Zapatero y su lobby de extrema izquierda internacional se equivocan al plantear como única solución que las democracias se adapten al régimen dictatorial venezolano, y no que el régimen de miedo y miseria impuesto por Maduro se adapte a las condiciones de una verdadera democracia.

Apelar a los principios y valores democráticos justificando un intervencionismo que ha conducido a Venezuela a la pobreza extrema y a un descrédito internacional irreversible es una excusa de mal pagador. Entre otros motivos, porque Maduro nunca ha tenido la democracia en mente como meta, sino como una falsa coartada para aplastar las libertades. Es fácil culpar a Trump de todos los males de Venezuela.

Pero es inexacto e injusto porque esos males devienen de un régimen que detesta la democracia. Y lo demás es dar vueltas en un laberinto sin salida.

Que Maduro haya presumido de ser el causante de la derrota electoral de Trump es una sandez ajena a la realidad. Y que el lobby de Rodríguez Zapatero, apoyado expresamente por el Gobierno de Pedro Sánchez, pretenda justificar que se demore cualquier solución política al conflicto de Venezuela, es tanto como respaldar que no haya elecciones libres, que Maduro pueda sojuzgar a su Parlamento a capricho, y que nada cambie en un país con unas condiciones naturales excepcionales para ser una potencia mundial.

Maduro en cambio ha optado por imponer un comunismo rancio y empobrecedor, y sigue más empeñado en acallar a la oposición con detenciones arbitrarias que en abrir su país a las libertades.

Zapatero y sus socios de presión a Biden conocerán mejor que nadie sus motivaciones y los condicionantes ideológicos que les llevan a respaldar tácitamente a Maduro. Pero no hay razones políticas lógicas que los amparen: ni en Venezuela hay elecciones libres, ni Maduro tiene respeto por la comunidad internacional.

Además, se desenvuelven en una total opacidad generando fricciones en el Parlamento Europeo o negando legitimidad a la oposición a Maduro. El problema de Venezuela no es la fracturada visión que pueda tener la comunidad internacional sobre lo que allí ocurre, que es producto de un gobierno totalitario. El problema es el régimen en sí mismo.

Pretender que el mundo de las libertades y la democracia lo acoja como uno más, haciendo la vista gorda con su manera de aplastar a su ciudadanía, es una ofensa al sentido común.

ABC