» VENTE PA MADRID »

Siempre sentiremos simpatía y gratitud hacia Inés Arrimadas, por su defensa casi heroica de la nación española y la Constitución en Cataluña entre septiembre y diciembre de 2017. Los separatistas no engañaron a nadie. En la primavera de aquel año anunciaron con todo detalle su calendario para una ruptura programada con España.

Explicaron, incluso ufanándose, cómo iban a cometer un golpe de Estado a cámara lenta, convencidos de que el Estado español era un paquidermo soñoliento, que no reaccionaría y dejaría hacer. En lugar de atajar aquella sedición en seco, la justicia y el Gobierno anduvieron lentos de reflejos. Rajoy remoloneaba, porque no quería intervenir Cataluña sin el apoyo de PSOE y Ciudadanos.

Rivera, luego tan drástico, no veía claro el 155. Sánchez acabaría sumándose muy a regañadientes y exigiendo una intervención anémica, que entre otras cosas permitió que el principal altavoz de propaganda de los insurrectos, TV3, siguiese abierto. El discurso de Felipe VI fue lo que finalmente espabiló a unos partidos constitucionalistas que no estuvieron a la altura de aquella urgencia.

Cabe recordar que en mayo de 2017, cuando los golpistas ya habían puesto todas sus cartas sobre la mesa, Rajoy todavía envió a Soraya a Barcelona para una descabellada «operación diálogo» con el cínico Junqueras, que pese a su aparente mansurronería era el cerebro del mayor ataque contra España desde comienzos del siglo XX.

La parsimonia estatal llenó de pesadumbre y desaliento a millones de españoles: cada día se televisaba desde el Parlamento catalán un aquelarre consagrado a romper la nación, y aquí no pasaba nada.

Ahí fue donde emergió la figura de Inés Arrimadas, una joven jerezana de dialéctica eficaz y corazón en su sitio, que sin levantar la voz defendió a España en primera línea de la crisis. Sus vibrantes discursos supusieron una bocanada de dignidad cuando nos sentíamos humillados por el avance del golpe y la pachorra del Gobierno.

Fruto de su rol en los días de furia, Inés ganó las inmediatas elecciones autonómicas de diciembre, en histórico triunfo de un partido españolista. Es triste señalar que a partir de ahí no supo aprovechar su hito. Cierto que el reto era dificilísimo, porque enfrente tiene una mayoría separatista fanática, pero no ha acertado a poner en valor su extraordinaria victoria.

Su ocurrencia de viajar hoy a Waterloo para protagonizar una «performance» ante la mansión del prófugo Puigdemont tampoco parece buena idea. A esa gente se la combate hablando en foros europeos relevantes, explicando a políticos foráneos de peso y líderes de opinión su delirio xenófobo, pero no imitando sus mañas de populismo-espectáculo.

Luis Ventoso ( ABC )