VERGÜENZA DE SER ULTRA

El fútbol español ha hecho notables esfuerzos por erradicar a los violentos que camuflan su pulsión bajo la fidelidad a unos colores y que reciben el apoyo -explícito o no- de los propios clubes. En 1992 la Ley del Deporte incluía la creación de una comisión estatal para prevenir la violencia deportiva, que nació finalmente en 2008. La lucha contra los radicales de sus hinchadas fue liderada por Barça y Real Madrid. Pero otros clubes menos mediáticos no se pusieron a la tarea con la misma diligencia.

Resulta incomprensible que Antiviolencia sólo tenga nueve grupos catalogados como ultras en toda España. Entre ellos no figuran los vinculados al Rayo, Valencia, Sporting de Gijón o Cádiz, entre otros. Grupos tan tristemente célebres por su agresividad como el Frente Atlético o los Biris del Sevilla figuran en las listas, pero los directivos de sus equipos no acaban de lograr su total descrédito ni su desvinculación.

Es cierto que al ultra del Atlético de Madrid detenido por apuñalar a otro junto al Metropolitano ya se le había retirado el carné de socio. Pero no basta. No pueden pasar al campo; no pueden alternar con los jugadores; no cabe la mínima connivencia: todo ultra es una vergüenza para un club. El hooliganismo no es una identidad romántica, sino un vestigio tribal que debe ser extinguido.

El Mundo